Valparaíso, ciudad puerto ubicada en la Quinta Región, Chile.

Eran las 15:30 de un día sábado de 2014. En los cerros todo lucía igual que siempre. El sol y los 26 grados que se sentían a la sombra no presagiaban nada oscuro. Media hora después el panorama era completamente distinto y los habitantes cercanos al camino La Pólvora comenzaban a vivir la pesadilla que los dejó sin hogar.

El 12 de abril el fuego tomó la fuerza de una tempestad, arrasando con todo y más de lo que había en los cerros La Cruz, Las Cañas, Mariposa, Merced, Ramaditas, Rocuant y El Litre; dejando a cerca de 3.000 familias damnificadas, 15 fallecidos y 1,042 hectáreas dañadas.

A seis meses de la catástrofe, muchos siguen añorando condiciones dignas para vivir. La reconstrucción es lenta y el incendio dejó al descubierto un problema habitacional previo: la vulnerabilidad, consecuencia de una cuestionable planificación social, y la falta de oferta de terrenos al alcance de todos los sectores. Se revelaron las construcciones poco preparadas para enfrentar un incendio de esta magnitud, y también la exclusión social preponderante en las zonas más altas de los cerros de Valparaíso.

Mientras, los afectados se enfrentan como pueden a la falta de hogar, algunos – como Dayana- han logrado conseguir el apoyo de las políticas gubernamentales en subsidios; otros en cambio – como Luis, Cleofe y Liliana- no pudieron esperar y debieron comenzar con la autoreconstrucción. Esta es la historia de los protagonistas.

EDITORIAL

A seis meses del incendio más grande en la historia de Valparaíso, queremos invitar a nuestros usuarios a volver a los cerros.

Luego del paso devastador de las llamas y sus consecuencias materiales y emocionales, es hora que evaluemos juntos qué ha ocurrido en este tiempo: el avance del plan de reconstrucción, la entrega de viviendas definitivas, y otras políticas públicas que se pueden cuantificar y evaluar según sus resultados. Sin embargo, hay otro aspecto de la vida en el puerto, y en muchas partes de Chile, que quedó en evidencia luego que el fuego arrasara con las frágiles construcciones de los afectados: la precariedad en que viven muchos chilenos cuyas viviendas están en situación irregular, como tomas y campamentos.

La tragedia de Valparaíso afectó a miles de familias para quienes un incendio no podía ser peor: perdieron sus bienes y no son dueños de un terreno sobre el que levantar una nueva casa. Muchos tuvieron que convertirse en allegados, otros instalarse en carpas. Todos ellos cargando el drama de no tener un lugar donde empezar de nuevo. Y es en medio de esa desesperación que comienzan a tejerse historias de esperanza, como los miles de voluntarios que llegaron a los cerros a ayudar, o las familias que ya cuentan con una vivienda definitiva, en sectores urbanizados y con papeles que los acreditan como propietarios del inmueble y del terreno.

Hay quienes optaron por seguir en los cerros, revelando – como se demuestra en la investigación de este especial periodístico – que los motivos de quienes eligen vivir en terrenos no adecuados y sin los permisos correspondientes, son más profundos que la desidia o aparente falta de educación. Son chilenos que por diferentes razones han quedado fuera del sistema. Muchos hablan de desconfianza, costumbre, y hay quienes admiten no saber dónde ni cómo hacer los trámites.

Es responsabilidad de todos, como país, ayudarlos a superar esas barreras y que puedan vivir en casas dignas, con agua potable, electricidad y sin riesgo de desastres naturales, como el que acaban de sufrir. El compromiso es con el futuro de sus hijos.

Esa es la razón de este especial interactivo, que aprovecha el enorme esfuerzo de todo el Departamento de Prensa de Televisión Nacional de Chile durante los días en que el fuego afectó a casi 3.000 familias de siete cerros de Valparaíso, y la posterior cobertura a la reconstrucción. Ese es nuestro aporte a esta gran tarea, desde una de las plataformas del canal de todos los chilenos.

Rodrigo Diez Prat
Editor General 24Horas.cl

Valparaíso, ciudad de poetas, pescadores, marinos, pero también de tragedias, especialmente incendios.

El siniestro del 12 de abril pasado fue catalogado como el peor en la historia de la ciudad, pero no ha sido el único. Es Valparaíso una ciudad en donde, por diversas razones, el fuego ha destrozado lo que sus habitantes intentan construir con esfuerzo.

Agustín Squella, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales en 2009, relata las calamidades de Valparaíso, las que desgraciadamente llenan su historia. “Valparaíso es una ciudad que tiene algo infausto. Todas clases de fatalidades se han dejado caer sobre ella a lo largo de su historia. No solo me refiero a incendio, me refiero a pestes, bombardeos, terremotos y naufragios que los porteños, en el siglo pasado y el 19, observaban desde los cerros con una mezcla de curiosidad y atracción, pero seguramente con más pavor”, dice Agustín Squella, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales de 2009, con un tono poético. Son los incendios los grandes enemigos del Puerto. De hecho, los indios Changos fueron el pueblo indígena que habitó Valparaíso y éstos mismos lo bautizaron como “Alimapu”, es decir, “tierra ardiente”.

Después, con la llegada de inmigrantes y habitantes de otros sectores del país, el puerto comenzó a desarrollarse, aunque el fuego siempre fue un enemigo. Así lo remarca la arquitecta de la Universidad de Valparaíso, Cecilia Jiménez.

“Los primeros asentamientos se dan en el sector del Puerto y los primeros incendios se ubican ahí. En el siglo XVI, la gente comienza a habitar el sector de la Iglesia La Matriz, y en torno a este cerro, se empieza a poblar la ciudad. Cuando se satura el sector, empieza poblarse la playa El Almendral, para después comenzar el crecimiento hacia los cerros”, indica.

Así, al mismo ritmo que se habitaban los llamados 42 cerros sin una política habitacional clara, comenzaron a propagarse los incendios que –a juicio de la arquitecta- tienen que ver con la condición del viento, la topografía, la propia naturaleza y la mano del hombre.

Agustín Squella recuerda algunos de los incendios más sobresalientes, algunos de los que pudo vivir y otros que escuchó o leyó en algún libro de historia. “Recuerdo a una explosión ocurrida en la calle Brasil, en la noche de Año Nuevo que se celebraba la llegada de 1954. Esa noche, yo tenía nueve años y vivía en la Población Naval de Las Salinas (en límite entre Concón y la vecina Viña del Mar). Solo se escuchó un estruendo impresionante”, rememora Squella.

El incendio comenzó en una barraca, pero eso no fue lo peor. Un inmueble contiguo, el Departamento de Caminos del Puerto, contenía explosivos, pero Bomberos no se percató de ellos hasta que hubo una gran detonación. Hubo 50 muertos, 36 de ellos Bomberos, y 320 heridos.

Varios años antes, el 16 de agosto de 1906, un terremoto magnitud 8,2 en la Escala de Richter, según datos de la época, sacudió a Valparaíso y dejó tres mil muertos. Tras el sismo, se desencadenaron incendios en los cerros, como lo muestra este plano donde lo rojo claro son derrumbes y el oscuro corresponde a los siniestros.


Hay otras emergencias recordadas por los porteños, como en 1958 cuando se quemaron cuatro cuadras completas de la calle del Cabo -hoy conocida como Esmeralda-, la historia cuenta también que un 31 de marzo de 1866 la Armada Española bombardeó Valparaíso.

En 1890, se quemó el liceo de niñas que estaba en la céntrica avenida Argentina, otro golpe para la ciudad porteña. Más actual, es el incendio del Cerro La Cruz. El 14 de enero de 2008, un siniestro consumió 22 hectáreas, dejando tres fallecidos, entre ellos un bombero, y 19 familias sin hogar.

El 14 de febrero de 2013, un siniestro comenzó en una construcción y se expandió por Rodelillo y el vecino Cerro Los Placeres: 284 casas fueron calcinadas. ¿Pero por qué se dan estas situaciones? Squella tiene su teoría.

“El tema de los incendios, tiene que ver con la topografía de Valparaíso, pero también con el viento que es un habitante permanente de esta ciudad. Los vientos, como todos sabemos, son muy intensos, sobre todo los vientos del sur que tienen la particularidad de hacer giros muy repentinos y dirigen las llamas en las direcciones más inesperadas. El fuego se convierte en algo incontrolable”, sostiene.

Y agrega que también es responsabilidad de sus habitantes “A veces los habitantes de Valparaíso, son demasiados obstinados y resisten a irse de lugares peligrosos como las quebradas. Los porteños ocupamos lo que no debemos. Ocupamos el mar para expandir la ciudad y ahora ocupamos las quebradas. Pero evitar que eso ocurra es una tarea que va a demandar tiempo y un trabajo de pedagogía fuerte con las personas que se instalan en las quebradas. Es que Valparaíso es una de las ciudades de Chile que tiene más campamentos. En Valparaíso, hay un problema de pobreza”, dice.

Quizás el incendio del 12 de abril es una crónica de una catástrofe anunciada desde los cimientos de Valparaíso y que, de no existir una política clara y firme, se volverá a repetir. Mientras eso no ocurra, muchos turistas verán la ciudad como un desorden atractivo, que en verdad solo destruye el Puerto Patrimonio de la Humanidad y el esfuerzo de sus habitantes.

“Esta cuidad es un disparate que amamos y un disparate que disfrutamos. Valparaíso es una ciudad loca y, es parte de su atractivo, pero en realidad tiene una permanente disposición a la catástrofe. Valparaíso está marcado por su historia y no puede ser tratado como si ésta no existiera “, concluye Squella.

Fotos: Gentileza Municipalidad de Valparaíso

El 12 de abril las llamas no sólo acabaron con varios hogares en los cerros de Valparaíso, también arrasaron con algo que a los miles de damnificados puede costarles más tiempo que la reconstrucción estructural: el equilibrio sicológico.

Para Liliana el sentimiento es claro, perder todo por lo que se ha luchado en la vida es una realidad simplemente devastadora.

El sicólogo Enrique Chía explica que hay varios procesos por los que pasan los damnificados a nivel sicológico. “Primero está el shock inicial que produce la irrupción del evento traumático. Este shock tiene una función adaptativa que permite dar una respuesta de supervivencia”. Este periodo dura alrededor de tres días en donde todo está centrado en satisfacer las necesidades básicas.

El especialista comenta que en esta etapa, no es conveniente “preguntarles cómo se sienten, ni facilitar la descarga emocional”. Luego de tres días ocurrido el evento, comienza una etapa llamada post crítica o de estrés del trauma, “en el que se manifiesta todo el impacto emocional y la desorganización mental que produce el evento traumático. Es en este periodo donde resultan necesarias las actividades de contención y apoyo psicológico y la intervención en crisis”, indica el sicólogo respecto de la fase que puede durar dos meses o más.

Actualmente Valparaíso está en la segunda etapa, la que empieza con el duelo por lo perdido. Es una segunda adaptación psicosocial o de reparación, donde las personas “ya están en condiciones de poder enfrentarse a la realidad y darse cuenta de lo que perdieron, de su situación actual y de lo que tienen que hacer para empezar a recuperar o reconstruir lo perdido”. Con esta fase también pueden venir los sentimientos más tendientes a la depresión. Chia comenta que “el duelo no se ve como la elaboración y superación de la pérdida, sino como un lento proceso de adaptación para poder aceptar y vivir con esta. El proceso va a variar según la magnitud de la pérdida y el apoyo que se tiene, en las pérdidas mayores por ejemplo (muertes trágicas de seres queridos), el tiempo se estima en varios años, de 7 a 10 aproximadamente.

Es también en este periodo en que se hacen presente los trastornos- principalmente del estado de ánimo, de ansiedad y por estrés; por lo que aumenta la demanda en consultas de salud mental y ya son necesario los diagnósticos y tratamientos especializados.

La tercera etapa se refiere al momento de la resocialización, es decir después de vivir el duelo interno, los afectados deben volver a lo cotidiano, relacionarse con los otros y ver cómo está respecto de ellos.

Enrique Chia comenta que “las situaciones más complejas de abordar, desde la perspectiva de la salud mental es cuando no se han resuelto bien los distintos tipos de estrés y surge el otro. Es decir, cuando todavía se están sufriendo los efectos postraumáticos, no se ha elaborado bien la pérdida (duelo) y se debe volver a la vida cotidiana (trabajo, compromisos financieros, exigencias escolares, obligaciones y deberes, etc.), lo que puede desencadenar problemas serios en la salud metal de las personas”.

Los casos patológicos a largo plazo no deberían ser frecuentes, según la opinión del especialista. Sin embargo advierte que si no se superan adecuadamente los primero meses la persona “se restructura en torno al trauma”. Esto puede significar que el trauma permanece encapsulado y oculto y se va a reexperimentar en situaciones determinadas, o bien, va a provocar una reorganización de la personalidad vulnerable y puede desarrollar trastornos mentales asociados”.

Tal como reconoce Luis Abarca, uno de los factores más preocupantes para los mismos damnificados son las relaciones interpersonales tras el incendio, las que aparentemente se volvieron hostiles y más agresivas.

Respecto a eso, el sicólogo PUC, indica que “en general los grupos familiares tienden a intensificar sus características y dinámicas en este tipo de circunstancias”, de esta forma “las familias disfuncionales tienden a intensificar su disfuncionalidad y a multiplicar sus conflictos. Es así como se pueden terminar desintegrando familias, pero no por causa directa del evento sino que porque el sistema familiar tenía fragilidades anteriores y las circunstancias actuales de impacto, desorganización y pérdida, actúan como facilitadores de la situación”. Es común que en estas circunstancias aumente la violencia intrafamiliar, el consumo de sustancias, las conductas impulsivas, la negligencia, y otras conductas desadaptativas.

Por el contrario, “los sistemas familiares mejor cohesionados y protectores, el impacto tiende a ser muy fuerte en un primer momento, predominando el estado de ánimo depresivo y la sensación de injusticia, pero rápidamente el núcleo se reorganiza y refuerza sus funciones protectoras, apoyadoras y contenedoras”, sostiene.

Ya han pasado seis meses del desastre y los afectados siguen luchando por recuperar sus condiciones de vida y salud mental. En los cerros el caos dio paso a la realidad de una compleja reconstrucción, una instancia que Enrique Chía ve como una ocasión para sanar antiguas falencias.

“Cuando se habla de que las crisis son oportunidades, se refiere justamente a este tipo de situaciones: esta es la oportunidad de solucionar el problema de vivienda de estas personas, hay que pensar en el gran bien que se haría para una gran cantidad de gente”, sostiene.

El psicólogo también advierte que la participación de la comunidad es fundamental en la recuperación. “En último término, los únicos que pueden superar el desastre son los afectados, y lo tienen que hacer empoderándose y recobrando el control sobre sus vidas. En este sentido, la autoridad debería facilitar e incentivar esa participación como factor crucial de la recuperación”.

Recién ocurrido el incendio algunos damnificados de la catástrofe se enfrentaban a la dura realidad con un factor complejo extra: vivir en zona de riesgo.
Las zonas de riesgo se definen como un “espacio de máximo peligro, no solamente en caso de incendios, sino que también de deslizamientos, inundaciones y una serie de eventos que son naturales, pero que al interactuar con el hombre se transforman en peligros que tienen consecuencias para las personas”, explica el geógrafo Manuel Fuenzalida.

“En este sentido, todas las quebradas de Valparaíso son zonas de riesgo”, sentencia.

El Plan de Inversión, Reconstrucción y Rehabilitación Urbana Valparaíso 2014, publicado por el Gobierno en agosto, advierte que la ciudad puerto además de tener una serie de zonas riesgosas, también posee una “fragilidad” al enfrentar ciertos factores como “el mal manejo forestal de la parte alta de la ciudad, el deterioro ambiental de sus quebradas, el problema histórico de accesibilidad asociado a la dificultad topográfica, la deficitaria regulación y el cumplimiento de normativas urbanísticas en el desarrollo de los asentamientos y la ausencia de obras de mitigación y/o de prevención de riesgos asociados a la topografía de cerros”.

En la mayoría de los casos, la habitabilidad de las zonas de riesgo está conectada con la población más vulnerable y la falta de una oferta habitacional al alcance. Así lo afirma también el Delegado Presidencial para la Reconstrucción de Valparaíso, Andrés Silva:
“El gran problema que tenemos acá tiene que ver con esto, las personas en todos estos sectores no es que hayan reconstruido sus viviendas en lugares inseguros porque ellos quisieran. Hoy, por primera vez tenemos un subsidio mayor, con montos diferenciados que permitan a las personas construir muros de contención, habilitar terrenos de tal manera que la reconstrucción sea segura.”, indica.

¿Cómo se enfrenta esta situación de peligro? ¿qué se está haciendo para mitigar los riesgos?

A continuación, lo que se experimenta en Valparaíso tras el incendio en el video: Vivir en Zona de Riesgo.

“Fue una reacción impulsiva, no lo pensé. Simplemente el mismo día (del incendio) supimos que estaban recibiendo ayuda y con mis amigas solo partimos”, dice Valentina Benavente, una joven estudiante de Tecnología Médica que partió al cerro Merced tras el incendio, mientras que el arquitecto, Claudio Carrasco, agrega que “tras la emergencia salimos hartos arquitectos a colaborar al cerro”.

Así como ellos, según cifras de la Delegación Presidencial, unos 20 mil voluntarios subieron a ayudar, muchos de ellos desobedeciendo a las autoridades que restringían el acceso a los cerros. Pero las ganas eran más fuertes.

Palas, chuzos, comida, agua y hasta payasos para alegrar a los niños, era lo que se podían ver por las distintas calles que suben hasta los lugares afectados por la catástrofe más grande en la historia porteña.

Algunos estuvieron los primeros días de emergencia, mientras que otros se quedaron hasta hoy, como es el caso de Carolina Moraes, quien con “La Minga”, construyó casas con barro y paja, volviendo a las raíces chilenas.

A meses del siniestro, algunos siguen ayudando, mientras que otros se preparan para hacerlo. Desde la Delegación, trabajan para que desde octubre se reactiven las jornadas de voluntariado.

Acá un reconocimiento a los voluntarios.

Cuando los ojos de medio mundo se posaron asombrados sobre los cerros de Valparaíso, las miradas de otros llevaban ya tiempo fijos sobre las casas coloreadas del “puerto loco” de Neruda. Las llamas no vinieron más que a develar una realidad diaria para numerosas Organizaciones No Gubernamentales. Así lo enfatiza el director ejecutivo de la Fundación para la Superación de la Pobreza (FUSUPO), Leonardo Moreno, cuando señala que “no hay nada más preciso para hablar de vulnerabilidad que el incendio de Valparaíso”.

Con 174 campamentos, la región aglutina la mayor concentración de asentamientos del país. “Fue muy doloroso y un gran desafío como institución ver que el país se sorprendiera tanto”, recuerda la directora Social de Techo-Chile, Pía Mundaca, “porque si bien el número de familias que se vieron afectadas fue gigantesco, no son ni la mayoría de las que viven así en la región”.

Según FUSUPO, más del 70% de los chilenos viven en situaciones similares, y entre “el 35% y el 38% de los más vulnerables entran y salen constantemente de las líneas de la pobreza”.

Durante las primeras semanas, las calles calcinadas de Valparaíso se llenaron de ayuda material y voluntarios coordinados, principalmente, por las ONG. Pero seis meses después, la emergencia ha dado paso a la reflexión.

“En una catástrofe de esta naturaleza, hay que resguardar que la solución no genere más exclusión. Que no se pierdan los vínculos y las redes de antes de la tragedia”, explica la directora Social Nacional de Hogar de Cristo, Verónica Monroy.

Para los adultos mayores, la situación no es distinta; de 43 adultos mayores pobres que la fundación tenía catastrados en Cerro Colorado y Cerro Ramaditas pasaron a 80 tras el incendio. Hoy tienen proyectadas 120 personas de avanzada edad en la ciudad puerto.

En Chile 220.000 adultos mayores viven en condición de pobreza y más de 500.000 están en el primer quintil de ingresos. “Todas las limitaciones propias de la vejez se hacen más difíciles de resolver en situación de pobreza. Si a eso le unes el incendio donde lo pierden todo, la situación es crítica”, explica Monroy.

“Se han entregado viviendas (tras el incendio) a dos horas del lugar de trabajo, sin colegio, sin acceso a servicios básicos, sin bomberos…”, denuncian desde Techo. Una descoordinación en la toma de medidas “pensadas desde un escritorio y no con la participación de los afectados”, completan desde Hogar de Cristo.

La solución -coinciden las ONG- debe trabajarse con la comunidad y no basta con ofrecer casas, si ponemos el foco en que la pobreza no es un tema de vivienda, sino de habitabilidad. “Si desarraigas a una persona del lugar donde ha vivido siempre, la pones en otro sitio, le das una vivienda y eso es todo, no es la solución completa. Tengo donde vivir, pero no donde trabajar, donde ir al doctor, donde comprar…”, asegura Monroy.

Valparaíso presenta, puntualiza Moreno, un alto grado de “capital social”; es decir, redes de ayuda mutua entre los vecinos que mejoran el bienestar de la comunidad. De ahí que si se rompen esos vínculos, se agudice el empobrecimiento; un problema alimentado, también, por el alto endeudamiento en el que cayeron las familias ante la premura de construir su vivienda, comenta el arquitecto académico de la Universidad de Valparaíso, Claudio Carrasco


GENERAR OPORTUNIDADES

La pobreza no es solo carencia de recursos y las soluciones son de responsabilidad compartida, abordables desde una perspectiva multidisciplinar con criterios de calidad y cohesión social que la tornan más cara y compleja.

“Si yo genero buenas condiciones para vivir en ese lugar o en otro, veo difícil que alguien prefiera mantenerse en unas condiciones precarias”, apunta Monroy respecto de las familias que se mantienen en zonas riesgosas y reitera, “una mejor calidad de vida no es sólo una vivienda, es un entorno”.

“Las familias más pobres tienen poco donde elegir donde vivir”, señalan desde Techo. “No es irresponsabilidad, sino necesidad” y falta de oportunidades. “Me parece muy injusto que mientras el país sigue avanzando, nosotros creamos que porque la familia tiene televisor y cable está viviendo en buenas condiciones”.

Pero ¿qué hacer para solucionar las distintas aristas que encierran a la pobreza y vulnerabilidad?, la respuesta también es compleja, pero Leonardo Moreno especifica al respecto que las oportunidades “no las creamos nosotros, vienen de fuera”, por lo que es importante que las instituciones las generen, “porque para ejercer la libertad, necesitamos todos el mismo grado de igualdad”.

La intervención del Gobierno es “absolutamente imprescindible por la magnitud del problema”, indica Monroy. Aunque la mayoría de las ONG no están dispuestas “a mantener los tiempos estatales, porque nosotros podemos responder con mayor rapidez y libertad”, añade Mundaca.

La pobreza que mostró el incendio “son los dolores que no nos gusta mirar”, señalan desde Hogar de Cristo, pero que quedaron en la retina de los que miraron en abril hacia la ciudad puerto. Es aquí donde el papel del ciudadano es importante, como lo denuncian desde Techo la sociedad, el vecino debe preocuparse, “porque estamos vinculados y no porque lo vemos en la tele”.

Cuando las llamas se extinguieron por completo, ya era 16 de abril, los damnificados se encontraron de frente con su realidad, y muchos de los que permanecían en albergues subieron a los cerros para verificar el estado de las viviendas.

El resultado era contundente: habían 2.973 casas afectadas, un área urbana de 148 hectáreas quemadas y cerca de tres mil familias afrontando la tragedia.

El Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet decretaba el mismo 12 de abril el Estado de Catástrofe en Valparaíso, y cuatro días después anunciaba al país medidas de emergencia consistentes en un bono para comprar esencialmente ropa y otro para enseres por familia; beneficios que eran entregados mediante la inscripción de la ficha EFU, Encuesta Familiar Única de Emergencia. Además se informaba sobre subsidios de arriendo, de allegados en casas de familiares y viviendas de emergencia para quienes permanecieron en los terrenos afectados.

Damnificados, autoridades y un país entero se cuestionaba lo sucedido, Michelle Bachelet daba las primeras señales de que este era un problema preexistente a la emergencia actual: “Esto es una expresión de la desigualdad en nuestro país y de qué manera la pobreza también lleva más riesgo, y efectivamente yo insisto que la reconstrucción va a llevar tiempo”, comentó la Presidenta el 16 de abril en Buenos Días a Todos.

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Las palabras de la Mandataria van en concordancia con lo que en agosto de 2014 daría a conocer el Plan de Inversión de Valparaíso, asegurando que de 3.540 techos catastrados, sólo un 43% estaba ubicado en zonas seguras y apenas un 39% de los afectados eran propietarios de los terrenos que habitaban.

Las semanas comenzaron a pasar y la situación de caos no cesaba del todo para junio. En el recorrido de los cerros se podían escuchar acongojados relatos expresando problemas como dificultades para cobrar los beneficios gubernamentales o la verificación de ser un damnificado.

A tres meses de iniciada la reconstrucción, sólo un 10% de los damnificados contaban con una solución definitiva de vivienda. Del total de personas dañadas, 206 familias habían concretado su postulación a un subsidio de solución definitiva y otras 25 ya estaban instaladas en sus nuevas casas.

Pero, como en las otras zonas afectadas, en el Cerro La Merced la gran mayoría optaba por la autorreconstrucción. Allí se podía apreciar trabajo intenso para conseguir techos sólidos pronto.

En junio 1.782 personas quedaban validadas como damnificados para iniciar sus postulaciones a los distintos subsidios. Sin embargo, habitantes del cerro La Cruz relataban desesperados que el proceso de catastro se volvía lento y poco eficiente. Muchos también habían iniciado su autorreconstrucción.

Más arriba por la calle El Vergel, se encontraba uno de los campamentos más grandes y reconocidos del anfiteatro de Valparaíso: El Vergel Alto, con sus 251 habitantes y peligros preexistentes al incendio. Sus residentes intentaban también reconstruir con materiales y mediaguas repartidas durante la emergencia. Mientras, en la pequeña oficina de la gobernación regional, se organizaba la entrega de comida, el registro de las familias y uno que otro consejo para enfrentar el bajo estado de ánimo.
En paralelo, los damnificados de esta zona se informaban de los subsidios; sin embargo la desorientación respecto de cómo acceder a estos beneficios era la misma a la existente hoy en zonas más acomodadas del cerro La Cruz y La Merced, a seis meses de la tragedia.

Según el geógrafo Manuel Fuenzalida “las personas están desorientadas o no conocen todas las posibilidades que el Estado les podría entregar”, porque “al menos en una población más vulnerable los habitantes de estas zonas viven fuera del sistema, no conocen todo lo engorroso o burocrático que podría ser la solución de algo particular. Esas personas están fuera por los altos grados de vulnerabilidad que tienen, nadie quisiera estar viviendo en condiciones negativas”.

Además agrega que “el Estado no entiende que tiene una alta cantidad de usuarios que atender que están fuera del sistema, piensan que somos todos regulares”. Por su parte, la ministra de Vivienda y Urbanismo, Paulina Saball indica que “desde el principio diseñamos un conjunto de instrumentos y la tramitación del acceso de esos instrumentos es compleja, entonces luego de un tiempo nos dimos cuenta que era necesario redoblar la información y decidimos entonces tener estas oficinas arriba de los cerros”.

“La historia de muchas familias ha sido la autoconstrucción de la vivienda con el empuje y el diseño que cada uno le ha dado, entonces para muchos es difícil la exigencia de un informe previo en el municipio, un proyecto y un permiso de construcción; además tiene que acreditar la propiedad. Entonces se produce un diálogo entre dos mundos”, afirma.

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“Hemos estado trabajando con las familias, el Ministerio de Salud ha desarrollado algunas acciones a través de sus centros médicos, operativos médicos con atención psicológicas. Estamos haciendo un trabajo a través de las comunidades educativas de las zonas afectadas para poder ir trabajando también estos aspectos”, comenta el delegado presidencial, Andrés Silva, cuando es consultado por una reconstrucción integral.

Los primeros días tras el incendio también se conformó la Mesa Intersectorial para el Apoyo Psicosocial y Pedagógico que articula, elabora e implementa las acciones de apoyo. La instancia está conformada por profesionales con recursos técnicos en intervención en crisis y también en el ámbito infanto-juvenil.

1.880 estudiantes y 40 funcionarios de establecimientos educacionales resultaron damnificados, la tarea de la Secretaría Ministerial de Educación fue, desde reponer textos escolares y útiles, hasta asegurar el retorno a clases. La mesa intersectorial por su parte, se ha preocupado de la contención emocional, de identificar necesidades y el apoyo para estas, respecto de la pérdida colectiva experimentada en el incendio; además de diseñar un modelo para enfrentar crisis y desastres.

A principios de septiembre, la Presidenta Bachelet anunciaba el Plan de Reconstrucción de Valparaíso, que con una inversión de 510 millones de dólares espera mejorar la gestión del transporte público, la recuperación de los barrios y construcción de muros de contención y de escaleras, entre otras.

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Pero aunque los esfuerzos están y se hacen desde distintos organismos del Estado, Fuenzalidaadvierte que se necesita una acción conjunta y coordinada: “Si cada uno propone su visión sectorial efectivamente tú tienes muchos pedacitos y poca visión del conjunto”.

El sicólogo de la Universidad Católica y experto en intervenciones sicológicas en catástrofes, Enrique Chía, indica que “lo primero es considerar este tipo de eventos como situaciones extraordinarias que sobrepasan cualquier tipo de preparación”, por lo que “se debe pedir ayuda externa y recursos extras para realizar la resolución integral de la situación”.

“El drama de estos eventos traumáticos es que implican destrucción material y pérdidas (aunque sean no humanas), más allá de lo tangible: el quiebre traumático implica una interrupción del proyecto de vida de las personas afectadas, la pérdida de la percepción de seguridad y estabilidad, el mundo se convierte de repente en un lugar peligroso, se quiebra la historia personal y comunitaria”, sostiene.

En la misma línea la ministra de Vivienda y Urbanismo, Paulina Saball, agrega: “Este no es un proceso fácil, pero lo hemos tomado como un desafío no sólo en el plano de la reconstrucción, sino por la construcción de un tipo de ciudad”.

Para octubre un 27% del total de familias damnificadas ya habían iniciaron su proceso de reconstrucción definitiva.

Junto con el trabajo para superar la emergencia, la Fiscalía de Valparaíso comienza una investigación para esclarecer las causas del siniestro.

Así, la indagatoria queda a cargo del fiscal Cristian Andrade, quien se centra en establecer el origen de la emergencia y cuáles fueron sus causas, que un principio eran atribuidas a un cortocircuito generado por la electrocución de dos aves ubicadas en un cableado de alta tensión.

El fiscal Andrade ordena peritajes a las brigadas del OS-9 y OS-5 de Carabineros, logrando recopilar 40 testimonios de quienes avistaron el origen del siniestro, dieron el primer aviso y tuvieron control del incendio.

Asimismo, se pide un pre-informe al OS-5, que –junto a los otros antecedentes- determina que el siniestro comienza entre las 15.30 y 16.30 horas del 12 de abril en el Fundo Los Perales y luego- por condiciones climáticas y atmosféricas- se propaga por los cerros.

Actualmente, la investigación sigue su curso y –según el fiscal Andrade- preliminarmente se ha descartado la participación “dolosa de terceras personas en el origen de las llamas”.

La indagatoria no tiene plazo y, en base a los resultados de nuevas diligencias, el fiscal podría tomar decisiones en cuanto al caso.