Capítulo II: Mi vida en la escuela

La escuela, prácticamente, es el segundo hogar de un niño. Uno de los entornos más influyentes para la formación de su identidad; donde no sólo se desarrollan desde un punto de vista cultural, formal y educativo, sino que aprenden también a relacionarse y a respetarse. Pero estos niños migrantes, "llegan a barrios y escuelas ya con carencias", apunta la directora del Programa Interdisciplinario de Estudios Migratorios, Carolina Stefoni, "lo que hace que afronten procesos complejos de integración".

El menor lidia con otra forma de hablar, otras costumbres, otros compañeros, otros profesores, otros libros, otros juegos; en definitiva, otro sistema. Un mundo nuevo al que tiene que acostumbrarse, pero también el resto de sus amigos de aula y profesores nacionales que tienen el desafío de "integrar esta diversidad", señala Stefoni.

De hecho, hay ya 22.425 estudiantes extranjeros registrados en las escuelas chilenas, según datos de 2014 del Ministerio de Educación. El 60% de ellos, en centros municipales. Para matricularse, el menor debe contar con un documento que acredite su edad y su identidad e, idealmente, haber legalizado el certificado de estudios en su país de origen.

Pero si no tienen esos documentos, no se paraliza el proceso de inscripción en el colegio. En ese caso, la escuela debe examinarlo para determinar su nivel e inscribirlo con una matrícula provisoria. Después, deben acudir al Departamento de Extranjería para sacar la visa de estudiante y conseguir, así, un número de identidad nacional definitivo.

Sin embargo, la naturalidad aquí descrita se torna compleja, cuando los centros exigen más requisitos de los necesarios para formalizar la matrícula, dejando al niño fuera de la sala de clases, pese a que la ley garantice la educación sin importar su situación legal.

A esta discriminación arbitraria se une que el Acta de Notas del Ministerio de Educación solo reconoce los RUN definitivos y no los provisorios. Los niños tienen, entonces, un año para actualizar su situación, antes de que termine el curso escolar, para que sus notas queden registradas en el Sistema de Información General de Estudiantes (SIGE) y pueda promocionar.

El Área de Educación del Servicio Jesuita Migrante insta a los colegios a que informen a las familias para que tramiten la visa de estudiante, cuyo costo ronda los $10.000. Trámite que también interesa al establecimiento, pues los niños sin RUT definitivos no computan para la Subvención Escolar Preferencial. Un desincentivo más para aceptar y ayudar a estos niños.

Lamentablemente, la integración en la escuela no termina con la regulación. Esa es, quizás, la batalla más fácil. Queda aún el gran desafío de educar en la interculturalidad.

"El cambio social y legal deben ir de la mano", apunta Stefoni, "y lo más complejo es el cultural".

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