Vista desde el aire, la formación parece la proa de un barco gigantesco varado entre las montañas del este de Turquía. Esa silueta fue la que llamó la atención del capitán de cartografía Ilhan Durupınar en 1959, al verla en unas fotografías aéreas. Desde entonces, el lugar que acabó llevando su nombre se ha convertido en uno de los escenarios recurrentes de una búsqueda que nunca termina de desaparecer: la del Arca de Noé.
Este verano, una nueva campaña de campo ha vuelto a ponerla bajo los focos. Pero la imagen es mucho más extraordinaria que la explicación que domina entre los geólogos. Y es que la interpretación geológica predominante sigue considerando Durupınar una formación natural.

Arca de Noé y monte Ararat: el origen de la búsqueda
La pista que siguen los buscadores nace en el Génesis, donde se dice que el arca "se posó sobre las montañas de Ararat". Según IFLScience, una interpretación discutida desde la Edad Media relaciona ese topónimo bíblico con Urartu, denominación hebrea antigua de Armenia, en una zona próxima a la actual frontera oriental de Turquía. Esa asociación histórica acabó vinculando esta parte del país con el relato del Arca.
Durupınar, en cualquier caso, no está en su cima. La formación se encuentra unos 29 kilómetros al sur del Gran Ararat, cerca de Doğubeyazıt, en la provincia de Ağrı. Su perfil alargado y ovalado hizo el resto.
La campaña de 2026: radar, muestras y perforaciones
La campaña de 2026 ha devuelto fuerza al misterio. El equipo dirigido por el arqueólogo Cenker Atila, de la Universidad Cumhuriyet de Sivas,en Turquía, ha empleado cartografía, radar especializado y perforaciones para examinar tanto la superficie como el subsuelo.
Según Arkeonews, los investigadores pasaron unos 90 días sobre el terreno y recogieron cerca de 1.000 muestras de suelo en 150 puntos. También recuperaron fragmentos de cerámica cuya antigüedad aún debe establecerse en laboratorio.
La atención se centró después en los datos del radar. Según los datos preliminares del equipo recogidos por The Debrief, el BakhtarRadar –un sistema especializado de exploración del subsuelo– no mostró la formación como "una masa rocosa simple y homogénea".

El equipo informó además de una anomalía de unos 76 metros en la zona central, que compara con un túnel o pasillo. Según este, algunas de esas señales parecían intersectarse en ángulos cercanos a 90 grados. A esto se sumó otra diferencia: según datos difundidos por la universidad Cumhuriyet de Sivas, las mediciones iniciales registraron niveles de carbono alrededor de un 40 % más altos dentro de la formación que fuera.
Pero una anomalía no es un barco. Los propios responsables del proyecto reconocen que las imágenes del radar no demuestran un origen arqueológico, y las perforaciones buscan precisamente comprobar qué hay realmente bajo tierra.
En las perforaciones utilizaron también un robot subterráneo llamado Gopher, según Newsweek. Andrew Jones, fundador de Noah's Ark Scans, un grupo estadounidense que impulsa la investigación del yacimiento –y en cuyo proyecto participan activistas cristianos–, contó a la revista que habían encontrado capas ricas en material orgánico y que una broca se rompió a cuatro o cinco metros de profundidad al topar con una capa dura.
Entre las posibilidades, Jones mencionó madera mineralizada, aunque también podría tratarse simplemente de roca. En ese momento presentó la idea de restos descompuestos del Arca como una hipótesis, aunque Noah's Ark Scans ha endurecido después su interpretación de los datos del radar.
Aun así, los análisis todavía tienen que responder a las preguntas más básicas sobre las muestras: qué materiales contienen y de cuándo son. Por ahora, el equipo no puede afirmar que haya recuperado madera antigua. Y aun si los laboratorios acabaran identificándola, Jones reconoce que ese dato, por sí mismo, no permitiría concluir que los restos proceden de una estructura construida por el ser humano.
Lo que sí ha cambiado respecto a investigaciones anteriores es la capacidad para estudiar el subsuelo. Newsweek señala que las nuevas perforaciones alcanzan hasta 18 metros, frente a los aproximadamente 10 metros de trabajos realizados décadas atrás.