El problema de Alex empezó cuando ella tenía 13 años. Siempre tenía que usar siete cosas en el cuerpo. En su teléfono móvil tenía guardados exactamente 400 contactos. Alex, cuyo nombre completo no revelamos a petición suya, se define a sí misma como una persona "obsesiva en el sentido clásico" o una "maniática del control".
Pero no solo se trata de contar objetos o datos. En algún momento, Alex empezó a tener miedo de tocar los picaportes. "Después vino el problema con los baños públicos, o cuando un compañero había usado mi escritorio", cuenta la mujer de 36 años.
Ir de compras, recibir visitas, la sexualidad, todo se transforma en un desafío imposible de superar. Luego de ir al baño, tenía que ducharse; se lavaba las manos permanentemente y por largo tiempo. En lugar de lavar los cubiertos usados, los tiraba. Las obsesiones determinaban su vida.
Alex siente vergüenza. "Es como observar que te estás volviendo loca", dice.
Cuando los pensamientos se vuelven una amenaza
Alex es una de más de dos millones de personas en Alemania que, según la Sociedad Alemana de Trastornos Obsesivo-Compulsivos, sufren de dicha enfermedad (TOC). Según estimaciones científicas, entre un dos y un tres por ciento de la población mundial se ven afectadas.
El psicólogo británico Paul Salkovskis explica el TOC con ayuda de un modelo cognitivo. Todo comienza con un pensamiento intrusivo, como lo puede tener cualquiera. Pienso: "No he apagado la cocina". Luego me doy cuenta de que sí, está apagada; de hecho, ni siquiera la he usado. El pensamiento se desvanece.
Pero en las personas que padecen un TOC, el pensamiento persiste y se percibe como una amenaza: "Si no he apagado la cocina, toda la casa podría incendiarse y morir gente".
El miedo a dañar a otros, y una gran tensión son el resultado. La conducta compulsiva —en este caso, comprobar repetidamente si la cocina está apagada— constituye el intento de neutralizar esas sensaciones desagradables, afirma la Dra. Katharina Bey, psicoterapeuta y directora de la unidad especializada en trastornos obsesivo-compulsivos del Hospital Universitario de Bonn.
"Si bien el miedo disminuye a corto plazo, se confirma la valoración del pensamiento como amenazante o importante", dice Bey a la DW. Se trata de un mecanismo que se retroalimenta.
Los pensamientos intrusivos de carácter agresivo o sexual resultan especialmente inquietantes para quienes los padecen: por ejemplo, la idea de herir a alguien con un cuchillo, de empujar a su propio hijo por las escaleras o el temor a ser pedófilo, "aunque tales pensamientos chocan frontalmente con la voluntad de la persona y son totalmente ajenos a su forma de ser", explica Bey. Precisamente por resultar tan descabellados, se perciben como una amenaza.
El miedo a dañar a otros, y una gran tensión son el resultado. La conducta compulsiva —en este caso, comprobar repetidamente si la cocina está apagada— constituye el intento de neutralizar esas sensaciones desagradables, afirma la Dra. Katharina Bey, psicoterapeuta y directora de la unidad especializada en trastornos obsesivo-compulsivos del Hospital Universitario de Bonn.
"Si bien el miedo disminuye a corto plazo, se confirma la valoración del pensamiento como amenazante o importante", dice Bey a la DW. Se trata de un mecanismo que se retroalimenta.
Los pensamientos intrusivos de carácter agresivo o sexual resultan especialmente inquietantes para quienes los padecen: por ejemplo, la idea de herir a alguien con un cuchillo, de empujar a su propio hijo por las escaleras o el temor a ser pedófilo, "aunque tales pensamientos chocan frontalmente con la voluntad de la persona y son totalmente ajenos a su forma de ser", explica Bey. Precisamente por resultar tan descabellados, se perciben como una amenaza.
Miedo de salir de casa
Jess (nombre ficticio) dice a DW que en su caso solo han sido eficaces los antidepresivos y una terapia cognitivo-conductual, en la que desempeñan un papel fundamental la exposición y el control de la respuesta.
La terapia cognitivo-conductual, mediante la cual se expone a los pacientes de forma deliberada a situaciones que les resultan desagradables, se considera la más eficaz para el tratamiento del trastorno obsesivo-compulsivo.
A Jess la enfermedad ya no le permitía reunirse con otra gente. Solo gracias a los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), una clase de antidepresivos, pudo salir de casa e iniciar la terapia.
En sus sesiones, se tuvo que enfrentar a aquellos pensamientos y situaciones que provocan su TOC. Tuvo que aceptar el miedo y la tensión, y no reprimirlos a través de conductas obsesivas.
"Paradójicamente, los pensamientos y las sensaciones disminuyen precisamente cuando se les da espacio", afirma la psicóloga. Solo así los afectados pueden comprobar que un pensamiento o una sensación no tiene por qué desembocar necesariamente en la acción correspondiente.
Aprender a vivir con el TOC
Alex y Jess recuperaron el control de su vida con ayuda de este enfoque terapéutico. Los pensamientos intrusivos y las acciones compulsivas no se han ido del todo, pero ambas aprendieron a vivir con ellos. Cuando surge un impulso obsesivo, permiten que el pensamiento aparezca y recuerdan qué es lo importante para ellas. "Quiero vivir, quiero esto, y luego la sensación pasa", dice Alex.
El trastorno obsesivo las ha convertido en personas muy agradecidas, capaces hoy de disfrutar de las pequeñas cosas tras haber vivido durante años una vida tan limitada.
Jess se formó como profesora de yoga y actualmente ofrece clases para personas con trastornos obsesivos. Ambas colaboran con la Sociedad Alemana de Trastornos Obsesivos (Deutsche Gesellschaft Zwangserkrankungen).
Aconsejan a quienes sufren pensamientos o actos obsesivos que busquen ayuda lo antes posible. "Cuanto más tiempo convives con ello, más difícil resulta salir y más larga es la terapia", afirma Jess. "Existe ayuda. Búscala".