Desde la década de 1920, la primera mitad del Siglo XX estuvo marcada para la Región de Aysén por los incendios forestales, generados intencionalmente por los colonizadores para "limpiar" los terrenos y dejarlos más aptos para el pastoreo. Esos fuegos, eso sí, no fueron eventos de días o semanas, sino que las quemas individuales llegaron a durar meses e, incluso, años seguidos e ininterrumpidos. El proceso completo de destrucción sistemática a base de fuego se extendió de manera continua durante décadas, debido a la densidad del bosque nativo, compuesto principalmente por lengas, coihues, ñirres y cipreses. A la falta de herramientas para la explotación maderera, hacer arder los árboles se convirtió en el único método para adaptar los suelos para la ganadería, aún cuando los troncos gruesos y las raíces profundas continuaban ardiendo sin control bajo la tierra, incluso durante los inviernos en el húmedo suelo patagónico, lo que generaba que las brasas se reactivaran con fuerza cada verano.
Las cicatrices de esas acciones siguen visibles en el territorio, ya que el fuego se llevó prácticamente el 40 por ciento de los bosques nativos. Por eso, entonces, los esfuerzos por reforestar con flora endémica y levantar construcciones sustentables así como desarrollar un turismo amigable con el medio ambiente es clave. Todas actividades tangibles que quedan plasmadas en Chile Circular.