"Síndrome de Doña Florinda": la sobreprotección que puede afectar el desarrollo emocional de hijos

La especialista Miriam Pardo advierte que justificar constantemente a niños y adolescentes puede dificultar el desarrollo de la autonomía, tolerancia a la frustración y capacidad de asumir responsabilidades.

24horas.cl

Miércoles 12 de agosto de 2026

Defender a los hijos frente a situaciones que considera injustas es parte del rol de madres, padres y apoderados. Sin embargo, cuando esa protección se transforma en una defensa permanente y sin autocrítica, puede terminar dificultando el desarrollo emocional y social de niños y adolescentes. 

A este comportamiento se le conoce popularmente como "Síndrome de Doña Florinda", una expresión inspirada en el personaje de El Chavo del 8, quien acostumbraba a defender a su hijo Kiko frente a los conflictos y responsabilizar a terceros por las situaciones que enfrentaba. 

El concepto no corresponde a un diagnóstico clínico, sino que se utiliza para describir determinadas conductas de sobreprotección en la crianza. 

La Dra. Miriam Pardo, académica de Psicología de la Universidad Andrés Bello, de Viña del Mar, explica que involucrarse en los problemas de los hijos es legítimo, pero que existen límites que deben considerarse. 

Cuando proteger impide aprender de los errores

Uno de los principales riesgos de la sobreprotección es que los hijos tengan menos oportunidades para desarrollar herramientas necesarias para desenvolverse de manera autónoma. 

Reconocer errores, asumir responsabilidades, reparar un daño y enfrentar las consecuencias de las propias decisones son aprendizajes que forman parte del desarrollo psicológico. 

Según la especialista, cuando los adultos intervienen constantemente para evitar que sus hijos enfrenten dificultades, pueden reducirse las oportunidades para que desarrollen autocrítica. 

“Si un hijo percibe que siempre habrá un adulto dispuesto a justificarlo o a responsabilizar a otros por sus conductas, disminuyen las oportunidades de desarrollar autocrítica, asumir consecuencias y aprender de las experiencias”, explica Pardo.

La profesional también enfatiza que la frustración es una experiencia inevitable y que la función de los padres no debería ser eliminar todos los obstáculos. 

¿Por qué algunos padres reaccionan de esta manera?

Las causas de estas conductas pueden ser diversas. Los estilos de crianza, las experiencias personales y las expectativas sobre los hijo pueden influir en la forma en que los adultos reaccionan frente a los conflictos. 

La especialista explica que algunas familias pueden vivir los problemas escolares de sus hijos como si fueran propios, incluso vinculándolos con experiencias negativas de su propia infancia o adolescencia.

“A veces los padres viven los conflictos de sus hijos como si fueran propios. Puede ocurrir que proyecten experiencias escolares dolorosas que tuvieron durante su infancia o adolescencia y reaccionen intentando proteger a sus hijos de situaciones que les recuerdan esas heridas”, comenta.

Cinco señales de alerta 

  • Justificar permanentemente al hijo sin conocer todos los antecedentes 
  • Interpretar cualquier observación o medida correctiva como una persecución 
  • Resolver tareas o responsabilidades que el hijo ya podría asumir por sí mismo
  • Negarse a reconocer errores o conducatas inapropiadas 
  • Responsabilizar sistemáticamente al colegio, profesores u otros estudiantes por los conflictos 

“La autonomía se construye gradualmente. A medida que los hijos crecen, necesitan más oportunidades para tomar decisiones, asumir responsabilidades y aprender de las consecuencias de sus actos”, explica la profesional.

¿Cómo evitar la sobreprotección?

La especialista plantea que el objetivo no es que los padres se mantengan al margen cuando sus hijos enfrentan problemas, sino que intervengan de manera constructiva y responsable.

Entre las recomendaciones se encuentran:

  1. Escuchar todas las versiones antes de sacar conclusiones.
  2. Solicitar reuniones privadas con el establecimiento educacional.
  3. Evitar exponer los conflictos en redes sociales.
  4. Mantener un trato respetuoso con docentes y funcionarios.
  5. Generar acuerdos concretos y realizar seguimiento.

“Las familias y los colegios no deben verse como adversarios. Ambos buscan el bienestar y desarrollo de los estudiantes. Cuando existe diálogo, respeto y colaboración, es mucho más fácil encontrar soluciones que beneficien a todos”, concluye la doctora Miriam Pardo.

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