La noche del sábado pasado el fuego comenzó a propagarse en distintas zonas del sur del país. En unas horas las comunas de Quillón, en Ñuble; y Lirquén, Penco, Tomé y Talcahuano, en Biobío, estaban sumidas en el infierno, a tal punto que se debió decretar Estado de Catástrofe debido a la gravedad de la situación en ambas regiones.
El último reporte del siniestro dio cuenta de 19 fallecidos, 630 albergados, 1.553 damnificados. En tanto, se registraron 1.533 viviendas destruidas y 1.140 en evaluación.
“Estamos en presencia de un incendio que constituye un evento extremo, equivalente en términos de intensidad como 'megaincendio', como aquellos que tuvimos el año 2017, 2023 o 2024. Esa es la magnitud del incendio que hemos debido abordar desde la madrugada, el día de hoy y el que se encuentra proyectado hacia mañana", dijo el ministro de Seguridad, Luis Cordero, la noche del domingo.
Más superficie dañada

En efecto, el calificativo de “extremo” no es antojadizo. Las palabras del secretario de Estado se ven reflejadas en las cifras que registra la Corporación Nacional Forestal (Conaf). Según estas, actualmente hay más de 51 mil hectáreas afectadas por el fuego, lo que constituye un 175% más que en el mismo periodo de la temporada pasada de incendios a nivel país.
Las estadísticas también reportan que los incendios con más de mil hectáreas afectadas han aumentado en un 400% en la última temporada.
La tragedia de Biobío y Ñuble
Los expertos indicaron que hubo condiciones perfectas para que estos focos de fuego en Ñuble y Biobío se volvieran megaincendios; la combinación entre mucho viento y altas temperaturas desataron la maginitud del siniestro.
—Se generaron múltiples focos, más de un foco, dos, tres, en un momento en el cual se levantó viento sur, propio de la época, y se combinó con el llamado viento Puelche, que es un viento seco que proviene de la Pampa Argentina y que viaja de cordillera a mar. No hubo vaguada costera, que significa neblina espesa y fría en la noche. Entonces el incendio rápidamente agarró cuerpo y en menos de dos horas avanzó hacia los centros poblados y pilló a mucha gente durmiendo. De ahí la cantidad enorme de muertos —comentó a Informe Especial el académico de la Universidad de Santiago (Usach) y exdirector de Conaf BíoBio, Jorge Morales.
Pero no solo las condiciones climáticas tienen protagonismo en la tragedia; también cabe preguntarse si se pudo hacer algo más desde las autoridades e instituciones para que la catástrofe no ocurriera. Miguel Castillo, académico y director de la Escuela de Pregrado de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile, pone el foco en la parte preventiva, para así evitar los siniestros.
—Este es un trabajo que viene de antes, de la parte preventiva, y ahí es donde falló, quizás un poco, no haber seguido las pautas preventivas de carga de combustible y la limpieza de terrenos que en algunos casos era posible manejar antes de los eventos. Hay otro tema que tiene que ver con la ocupación del uso del suelo, muchos cortafuegos y corta combustibles son rápidamente poblados por edificaciones; entonces ahí también falta control también de los organismos que están encargados de que esas áreas siempre sean para lo que fueron destinadas, en este caso para detener o aminorar el salto del fuego.
Álvaro Promis, académico de la Universidad de Chile, hace hincapié en la gestión de los municipios en el ordenamiento territorial y "de dar permiso para que se construyan o se generen expansiones de la ciudad hacia la periferia. Y en la periferia está el campo agrícola, las plantaciones forestales de los empresarios (...) el terreno del propietario forestal, en algún momento no colindaba con la presencia periurbana o la sección urbana y ahora, de alguna manera, lo periurbano colinda con la plantación forestal".
Incendios de sexta generación
—Estos incendios son llamados de sexta generación, es decir, son megaincendios. Son megaincendios no solo porque son grandes, sino que porque tienen condiciones holísticas sobre el ambiente; es decir, generan ellos mismos más incendios a través de las corrientes convectivas del aire caliente y la generación de piroclastos, es decir, partículas de fuego. Y esto se produce porque hay una condición estructural de cambio climático, disminución a la mitad de las precipitaciones desde hace 30 años y un aumento promedio de casi 2 grados celsius en la atmósfera. Entonces eso hace que, pese a que ha habido lluvia más o menos normal en este año, la condición de voracidad del incendio es muy grande —explica el exdirector de Conaf Biobío, Alejandro Morales.
Asimismo, enfatiza que este tipo de incendios extremos "son los que se nos van a venir al futuro, puesto que el cambio climático no hace más que agudizarse".
De hecho, el cambio climático ha cambiado los patrones metereológicos: hay vegetación más seca y combustible fino. Pero los entendidos en la materia también hablan de la responsabilidad del ser humano en este contexto.
—Puedes tener factores meteorológicos sumamente desfavorables, pero si no tienes el factor de encendido (factor humano) no va a haber incendio. Lamentablemente acá se mezclan dos cosas: el aumento de la intencionalidad en general no ha bajado, el uso irresponsable y negligente; y, por otro lado, la condición de alta biomasa que no fue tratada en un momento cuando debió ser tratada —sostiene Miguel Castillo.
En definitiva, el futuro no se ve auspicioso en materia de megaincendios, pero si pueden haber avances de la mano de la Ley de Incendios Forestales que aún no se concreta. Según los académicos, esta podría contribuir a odenar el territorio y tener una planificación preventiva en las distintas regiones; así como los deberes y derechos de los propietaruos agrícolas y forestales para mantener sus predios.