Son pasadas las 10:00 de la mañana y en la Iglesia San Luis de Quilicura se repite el rito de cada miércoles. Las voluntarias del comedor Sagrada Familia preparan colaciones para entregar almuerzos a más de 90 personas que llegan en búsqueda de ayuda.
La escena expone el impacto del alza en el costo de la vida. Según un informe de Fundación Colunga, el 25% de las niñas y niños en Chile vive en situación de pobreza por ingresos, lo que representa a cerca de 1.100.000 menores de edad en el país.
El problema afecta su nutrición en el día a día. Las cifras indican que el 21% de la infancia enfrenta inseguridad alimentaria, indicador que se eleva al 37% en el quintil más pobre, con la Región Metropolitana encabezando los registros a nivel nacional.
“Uno de cada cinco niñas y niños viven en hogares con inseguridad alimentaria. Son hogares en donde alguna vez al mes las familias se tienen que saltar una comida o tienen que comer menos variedad de alimentos”, señaló Paloma del Villar, directora del Observatorio Niñez de Fundación Colunga.
Ayuda desde los barrios
En la Población Parinacota y en Bajos de Mena, la situación obliga a las familias a buscar alternativas diarias para asegurar el alimento de los niños.
El Jardín Infantil "Juanita", recinto de Fundación Integra en Puente Alto, intenta contener la demanda ofreciendo desayuno, almuerzo y once a sus alumnos. Sin embargo, la brecha de necesidades supera la cobertura institucional.
“Hay familias que no tenían leche, preguntaban si nosotros teníamos alguna que nos sobrara, porque para ellos era importante tener leche para los niños en la casa, o cuando los niños han venido pidiéndonos más raciones de las que les corresponde”, explicó Mónica Matus, directora del Jardín Infantil Juanita.
En Bajos de Mena, sector de 180.000 habitantes donde parte importante vive en extrema pobreza, los apoderados recurren a trabajos informales para comprar insumos básicos como leche o pan.
“Cuando no hay es cuando los papás dicen, pucha, ¿qué hago? Venden sus cosas, juntan latas, juntan cartones, juntan botellas, juntan lo que sea para poder salir a vender y sabemos que eso no les da un dineral, pero les da por lo menos para comprar un litro de leche o un kilo de pan y poder tener un desayuno nutritivo”, relató Angélica Alfaro, presidenta del Centro de Padres del recinto.

Pobreza con rostro de infancia
El problema se replica en distintos puntos de la capital, donde la falta de presupuesto castiga el consumo diario de las familias.
“Tengo que andar recogiendo cositas porque está muy caro y yo con lo que gano en la feria compro cosas, pero a veces no me alcanza y vamos con un carrito recogiendo cositas para la casa”, contó Margarita Zavala, quien acude al comedor solidario en Quilicura.
Para quienes no logran generar ingresos continuos debido al clima u otros factores, la ayuda comunitaria resulta determinante.
“Yo trabajo dos veces a la semana en la feria y me ha costado, sobre todo ahora con la lluvia, no he trabajado. Entonces esto me ayuda cualquier cantidad”, afirmó Amalia Plaza, asistente del comedor Sagrada Familia.
Las historias se repiten entre quienes deben tomar decisiones complejas al interior del hogar para resguardar a los más pequeños antes de que termine el mes.
— ¿Has tenido que saltarte una comida para que los niños puedan comer?
— Sí. Siempre que llega fin de mes no me alcanza la plata y bueno, primero son mis hijos y después yo con mi pareja y pucha, nos ha costado salir adelante, pero aún así seguimos luchando para tenerle las cosas a los niños —expresó Javiera Díaz, madre de cuatro hijos.
La red de apoyo vecinal también alivia el gasto en insumos básicos que han subido de precio.
“Nos agradecen, a veces quieren comer aquí mismo porque la comida está calentita, la recepción es muy buena porque se economiza mucho. El gas está caro, las verduras están caras, todo está caro, entonces al final es un ahorro importante para la familia”, agregó Jéssica González, coordinadora del comedor Sagrada Familia.
Secuelas físicas y el costo a largo plazo
La precariedad económica impacta directamente en la salud física en la primera infancia. Un 5% presenta déficit nutricional, mientras que el 35% registra sobrepeso u obesidad debido a dietas de menor valor nutritivo.
Frente a este escenario, la función que cumplen los programas de alimentación en la educación parvularia es determinante.
“Este es un programa que es completo, que es equilibrado, que está diseñado también por equipos de nutricionistas expertos también en infancia”, detalló María José Pérez, directora de Fundación Integra.

El problema empeora con el alza del desempleo, que en 2026 alcanzó su nivel más alto en los últimos cinco años. Esta falta de trabajo impacta con fuerza los fines de semana, días en que los niños no asisten al jardín ni reciben raciones de alimentos.
Por ello, desde el jardín buscan apoyar a los apoderados incluso compartiendo sus currículums con empresas cercanas para ayudarles a encontrar trabajo.
Expertos advierten sobre las consecuencias de no actuar a tiempo. Estudios internacionales en EE.UU. y España señalan que la pobreza infantil cuesta un 4,5% del PIB a futuro, mientras que garantizar un ingreso para sacar a esas familias de una situación de pobreza, exigiría apenas un 0,11% del PIB.
“La pobreza, si bien determina mucho las trayectorias, no es una condena, pero sí hace muy difícil para los niños poder vivir su niñez en plenitud”, concluyó Paloma del Villar.
Revisa el reportaje "Chile al debe: 21% de los niños no tiene segura la comida"