El mercado financiero chileno está experimentando un cambio estructural irreversible. La sostenibilidad ha dejado de ser un mero elemento de relaciones públicas y reputación corporativa para convertirse en un factor decisivo y estratégico para acceder a financiamiento, captar inversiones y mantener la competitividad.
Hoy, la presión ya no proviene únicamente de tratados internacionales o regulaciones estatales, sino del propio mercado de capitales y de las entidades bancarias, las cuales han comenzado a privilegiar de forma explícita a aquellas compañías que demuestran altos estándares ambientales, sociales y de gobernanza (ESG, por sus siglas en inglés).
Cifras e hitos de un mercado en expansión
Este giro hacia las finanzas verdes se refleja en datos contundentes. Durante el año 2025, la emisión de bonos etiquetados (verdes, sociales o vinculados a la sostenibilidad) en Chile experimentó un impresionante crecimiento del 132% en comparación con el periodo anterior, alcanzando los $1,38 billones y representando el 14,34% del total de emisiones en el país.
Asimismo, la tendencia viene consolidándose con fuerza en el mediano plazo: desde 2016 a la fecha, grandes corporaciones como Arauco, BancoEstado, Bci, CMPC y Engie han colocado de forma conjunta más de US$5.130 millones en bonos sostenibles, posicionando a Chile como uno de los referentes indiscutidos en la materia a nivel latinoamericano.
El nuevo rayado de cancha regulatorio
A este dinamismo comercial se suma un ecosistema normativo cada vez más estricto. Tras el lanzamiento en 2025 de la Taxonomía de Actividades Económicas Medioambientalmente Sostenibles (T-MAS) —que fijó criterios técnicos comunes para sectores clave como minería, energía, construcción y transporte—, este 2026 marca un punto de inflexión.
Con la entrada en vigencia de la Norma de Carácter General 519 y la adopción obligatoria de las normas internacionales NIIF S1 y S2, el mercado chileno exigirá que los reportes de información ESG cuenten con el mismo nivel de rigurosidad, trazabilidad y auditoría externa que los estados financieros tradicionales.
Sin embargo, la preparación del sector privado local todavía muestra rezagos: un reciente análisis sectorial reveló que solo el 35% de las compañías chilenas cuenta actualmente con sistemas de datos ESG robustos, mientras que a nivel regional la brecha es aún mayor, con un 57% de empresas latinoamericanas no preparadas para cumplir con los nuevos estándares internacionales.
De la filantropía al flujo de caja
Para Maximiliano Fontecilla, socio cofundador y gerente de Oportunidades de Proyecta Impacto —consultora especializada en estrategia y gestión ASG en la región—, el escenario actual no tiene vuelta atrás.
“Hace algunos años la sostenibilidad era vista como un tema reputacional; hoy influye directamente en decisiones de inversión y financiamiento. Los mercados financieros ya incorporan criterios ESG para evaluar riesgos, resiliencia y capacidad de adaptación de las empresas”, explica el ejecutivo.
Fontecilla advierte que la banca está elevando su vara de entrada y que los discursos corporativos ya no son suficientes si no vienen respaldados por evidencia técnica. “Los bancos están desarrollando instrumentos financieros sostenibles e incorporando criterios ESG como requisito mínimo. Las empresas deben demostrar cómo gestionan sus riesgos y oportunidades con datos trazables, comparables y auditables”, sostiene.
El riesgo de quedarse fuera
El impacto de esta transformación ya traza una línea divisoria en el empresariado. Las firmas que integraron la sostenibilidad en su ADN financiero y operativo ya disfrutan de mejores condiciones crediticias y mayor resiliencia. En la otra vereda, quienes insisten en abordar estos tópicos solo desde el área de comunicaciones enfrentan serios peligros.
“Las empresas sin métricas claras y gobernanza robusta empiezan a quedar fuera, porque las entidades financieras y los inversionistas internacionales exigen coherencia entre estrategia, operaciones y métricas. Quienes no integren la sostenibilidad enfrentarán menor acceso a capital, mayores costos financieros y dificultades para adaptarse a las nuevas regulaciones”, concluye Fontecilla.
Con un mercado de bonos verdes en auge, una banca restrictiva y un marco regulatorio de estándar global, Chile se consolida como el principal laboratorio de finanzas sostenibles de la región, un entorno donde ser sostenible pasó de ser una opción preferencial a una condición obligatoria para la supervivencia del negocio.