“Al principio eran personas de la tercera edad, después de la pandemia mucho adulto joven y ahora último adolescentes desde 11 a 17 años”, cuenta Claudio Barrales, psicólogo que hace 15 años evalúa casos de juego patológico.
Angélica lo ha vivido en carne propia. En conversación con 24 Horas, relata que un día vio cómo el cupo en su tarjeta se había agotado. Su hijo, aún adolescente, reconoció que todo se había ido en apuestas. Con el tiempo, comenzó a recurrir a sus amigos para obtener dinero. Como no pagaba, la contactaron.
“Una hace lo que sea por su hijo”
“Cuando uno siente placer se libera mucha dopamina, lo que genera un refuerzo positivo para repetir esa conducta”, explica la psiquiatra Karla Moreno del Centro de Salud Mental Ceapsi.
En un comienzo, el juego es visto como una manera de divertirse, pero con el tiempo puede terminar siendo un mecanismo que solo sirve para evitar el displacer de no estar jugando. Junto con ello, empieza la distorsión de la realidad, explica la especialista.
“Las personas pierden y dicen: todo lo que perdí ahora sí lo voy a ganar, o en la próxima, o en la próxima. Empiezan a actuar en base a cosas que no son reales y consideran mucho más las veces que ganan que las que pierden”.
Barrales, de Psicólogos Ludopatía Chile, coincide: “Hay una distorsión matemática donde te quedas solo con la satisfacción de lo que ganas y en esto también tiene que ver la influencia de los medios, de las redes sociales y los equipos deportivos”, detalla.
Era lo que ocurría con el hijo de Angélica. “Estamos hablando de montos de dos o tres millones como si nada, mucho para un joven. Uno de sus amigos me llamaba porque le debía 300 mil, otro 400, 500 y así. Lo que pasa es que él es una persona muy creíble. Inventó enfermedades y necesidades de nosotros, pero lo que más le resultaba era inventar negocios”, relata.
“Yo he devuelto la mayoría de los dineros, hacer eso no es recomendable, me dijo un especialista, pero una hace lo que sea por un hijo. Hoy tengo necesidad de trabajar porque lo que tenía para mi vejez, lo tuve que gastar en esto”.
Tiene cura
La recuperación de la ludopatía es un camino largo, de tratamientos que duran al menos seis meses y pueden extenderse por dos o tres años, advierte la psiquiatra Karla Moreno: “Tiene cura, pero esto es un ciclo, se puede recaer. Lo importante es mantener la motivación del cambio”.
Las estrategias son variadas y dependen de cada caso: abordaje psicológico, en ocasiones psiquiátrico y farmacológico, terapias grupales y lo que más se repite: apoyo familiar.
Parte de la recuperación puede incluir acompañamiento permanente: alguien que conozca en todo momento la ubicación de la persona en tratamiento y tenga la confianza para controlar incluso su dinero y acceso a teléfonos. “De esta manera se intenta llegar al origen, qué es lo que provoca que apueste”, detalla el psicólogo Barrales.
“Él no puede manejar un teléfono sin alguien al lado, él tiene un teléfono de los antiguos, sin internet. Tiene Whatsapp, pero es manejado por su primo y por mí. Si habla con alguien por Whatsapp, nosotros estamos al lado”, cuenta Angélica sobre el tratamiento al que está sometido su hijo.
¿Por qué apuestas?
Una pregunta relevante para intentar recuperarse de la adicción es determinar qué motivo hay detrás de las apuestas. “Hay gente que lo hace para regular emociones después de un día de estrés, cansancio o un mal día”, explica Moreno.
“La evidencia científica habla de una mezcla, que tiene que ver con una carga genética relacionada con la impulsividad, la baja tolerancia a la frustración y buscar placer inmediato. Después vienen las condiciones del ambiente, se ha visto que en la familia o el entorno se normalizaron las apuestas, entonces hay una parte de imitación. Después vienen distorsiones cognitivas, pensamientos mágicos como que soy experto en apuestas, que le puedo ganar al sistema, al software, a las máquinas, a los casinos”, agrega Claudio Barrales.
La Organización Mundial de la Salud cifra en 1,2% de la población adulta la prevalencia de los trastornos del juego, aunque advierte que también tiene impacto difícil de medir en terceras personas.
Al teléfono, Angélica levanta la voz y envía un mensaje para concluir: “Si pudiera hacer algo para que estas porquerías dejen de hacer el daño que están haciendo… Un niño de 5 años tiene teléfono y a esos cabros les dan un bono, eso es como un dulce para un niño. Yo no puedo entender a los deportistas”.