El rugby: el deporte que usó Mandela para unir Sudáfrica

El rugby: el deporte que usó Mandela para unir Sudáfrica

En 1995, el fallecido líder sudafricano se la jugó por la reconciliación de un país al borde de la guerra civil usando el mayor emblema de la minoría blanca racista: los Springboks.

Carlos Serrano
05.12.2013

Ellis Park (Johannesburgo, Sudáfrica). 24 de junio de 1995. Final de la Copa del Mundo de Rugby.

En pleno césped, ante 62 mil espectadores presentes en las gradas y una audiencia global estimada de 1.500 millones de personas, un espigado y frágil anciano negro saluda sonriente a un descomunal joven blanco, rubio y de ojos claros, que se asoma a los 2 metros de altura y supera los 100 kilos de peso.

El primero es el presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela. El segundo, el capitán de la selección sudafricana de rugby, François Pienaar. Ambos ataviados con los colores verde y oro del equipo y el emblema de un antílope saltando, los Springboks, orgullo de la minoría blanca, máximo odio de la mayoría negra de la nación.

Sobre el papel, dos personajes llamados por la historia a ser enemigos íntimos. En ese mágico momento, simplemente dos seres humanos que con su franco apretón de manos y sus caras iluminadas por un par de cómplices y desbordantes sonrisas estaban abriendo una esperanzadora ventana al futuro para un país entero, transformando décadas de odio, asesinatos, opresión y segregación racial.

Era el culmen de la transición soñada por 'Madiba', quien, con el balón ovalado como pretexto, escenificaba a los ojos del mundo entero el camino por el que debía transcurrir la nueva Sudáfrica: junta, unida y sin divisiones por raza y color.

Un deseo no menor viniendo de un hombre que pasó más de 30 años de su vida entre las siniestras rejas del 'apartheid' por luchar contra el régimen racista y segregacionista de la minoría afrikaner dominante, que tenía al país al borde de una sangrienta guerra civil.

Pero, curiosamente, el hombre que abandonó las rejas en 1990 era todo lo opuesto al revanchista que podría esperarse. Ni siquiera había rastros del líder tribal -con sangre real- altivo, provocador e implicado en acciones terroristas y guerrilleras que se hizo un nombre en la mitad del siglo XX.

El Mandela que volvió a saborear la libertad era otro. Uno que hablaba afrikaans, el lenguaje de sus atónitos carceleros. Uno que con solo un apretón de manos cambiaba voluntades y convertía a feroces enemigos en rendidos seguidores. Uno que sabía que su ejemplo, sus acciones y sus gestos eran escrutados atentamente por millones de personas. Uno que predicó en primera persona una de sus frases más memorables: "Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero".

SÍMBOLO DE OPRESIÓN

Y con este leit motiv como divisa se embarcó en una de las jugadas políticas más astutas, arriesgadas y valientes que se recuerdan, usando como vehículo para sus planes lo que más odiaba la comunidad negra sudafricana: los Springboks y el rugby, símbolos ambos de la opresión blanca.

A principios de los años '90, Sudáfrica era un auténtico paria internacional, boicoteado a todos los niveles por sus políticas supremacistas. El deporte no era una excepción, con Sudáfrica aislada y odiada hasta tal punto que no eran pocos los que animaban siempre al equipo contrario al que en teoría les representaba.

Con gran olfato y sentido de la oportunidad, Mandela conquistó al carismático Pienaar para que el emblema del racismo blanco se transformara en el equipo de todos, como narra magistralmente el periodista John Carlin en su superventas "El factor humano", que fue llevado con igual éxito al cine por Clint Eastwood bajo el título de "Invictus", con Morgan Freeman y Matt Damon en los papeles protagonistas.

Así, la comunidad negra pasó de ver a un grupo de gigantescos matones racistas a un equipo que les representaba y que acabó llevándose el Mundial de forma ajustada ante la favoritísima Nueva Zelanda de Jonah Lomu.

Las imágenes de negros y blancos abrazándose y celebrando juntos, de una nación entera unida en la alegría tras años de sangrientos conflictos y matanzas, dieron la vuelta al mundo, que respondió a la osadía de Mandela abriéndose a un país que decidió aferrarse a la esperanza.

Hoy, 18 años después de aquella gesta, es imposible olvidar la sonrisa de 'Madiba', que sacó adelante su plan pese a la incredulidad que le rodeaba. Los problemas siguen, es evidente, y no es menos cierto que las tensiones raciales vuelven a explotar cada cierto tiempo. Pero existe un consenso generalizado de que Sudáfrica -que incluso albergó en 2010 un Mundial de Fútbol- ha decidido acentuar más lo que les une que lo que les separa.

Otro mérito en gran parte achacable al ejemplo de vida de Mandela.


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