Escocia se queda en el Reino Unido, pero Gran Bretaña enfrenta un cambio

Escocia se queda en el Reino Unido, pero Gran Bretaña enfrenta un cambio

"Es absolutamente correcto que un nuevo y justo acuerdo para Escocia debe ir acompañado de un nuevo y justo acuerdo que se aplique a todas las partes del Reino Unido", dijo David Cameron.

24Horas.cl TVN
21.09.2014

Cuando 3,6 millones de escoceses votaron el jueves sobre si abandonar o permanecer en el Reino Unido, estaban contestando una simple pregunta: ¿debería ser Escocia un país independiente?

Por un tiempo algunos políticos en ambos bandos del debate quisieron incluir una tercera opción en la papeleta: máxima devolución de poderes a Escocia dentro de Gran Bretaña.

Hasta Alex Salmond, el primer ministro escocés y líder del Partido Nacional Escocés (SNP, por su sigla en inglés), apoyó incluir esa alternativa, argumentando que no estaba a favor de "limitar las opciones de los escoceses".

Sin embargo, el primer ministro británico, David Cameron, y muchos colegas de Salmond en el SNP estaban en contra de la idea.

Los escoceses, dijo Cameron en ese momento, se enfrentarán con "lo que siempre quise, que es una sola pregunta. No dos preguntas, no máxima devolución, no opciones diferentes; una sola y simple pregunta".

Los escoceses respondieron a esa pregunta decisiva el jueves, votando en un 55 por ciento, contra un 45 por ciento, el "Sí" permanecer en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Cameron, quien podría haber enfrentado llamamientos para renunciar si la unión se quebrara, dijo que estaba "encantado" con la decisión y que "no habrá disputas, no habrá repetición".

"Tuvimos una oportunidad de votar. De eso es lo que estoy orgullosa, estoy orgullosa de que voté que sí", dijo Lindsay Burgar, una enfermera de la localidad de Oban.

Sin embargo, lo que los escoceses también tuvieron -aunque no estaba en la papeleta- fue la promesa de una mayor autonomía, algo parecido a la devolución máxima.

Los unionistas siempre dijeron que ofrecerían a los escoceses mayor autonomía si votaban por permanecer en el Reino Unido, pero no detallaron qué significaba eso.

El panorama comenzó a cambiar cuando el pánico por una posible votación afirmativa se adueñó de la situación dos semanas antes del referendo.

Los líderes de los conservadores y de los demócratas liberales -que forman el actual Gobierno- y el opositor Partido Laborista prometieron a los escoceses una vía rápida para una mayor descentralización, incluidas decisiones sobre asistencia social, endeudamiento y recaudación de impuestos.

También firmaron una promesa para mantener indefinidamente los altos niveles de financiamiento que Escocia recibe en comparación con otras regiones del Reino Unido.

El viernes, Cameron también prometió que buscará reorganizar las disposiciones constitucionales para el resto de Gran Bretaña.

"Es absolutamente correcto que un nuevo y justo acuerdo para Escocia debe ir acompañado de un nuevo y justo acuerdo que se aplique a todas las partes del Reino Unido", dijo.

Estas promesas abren una caja de Pandora de futuros problemas. Muchos votantes fuera de Escocia ven las ganancias del país como un soborno y se han quejado de que los escoceses reciben un trato especial.

Las palabras de Cameron buscaban abordar un espinoso problema constitucional: Escocia, Gales e Irlanda del Norte eligen representantes para sus propios parlamentos regionales y para Westminster. Los votantes ingleses, por otra parte, tienen representantes sólo en Londres.

Si sus cambios propuestos no avanzan lo suficiente, llevaría a un mayor respaldo a los partidos populistas, como el euroescéptico Partido Independiente del Reino Unido, en las elecciones generales del 2015. Eso, a su vez, aumentaría las posibilidades de que Gran Bretaña abandone la Unión Europea.

"El genio salió de la botella", dijo el legislador laborista Peter Hain sobre la necesidad de cambio. Hain ha sido Secretario de Estado de Gales y de Irlanda del Norte.

"Necesitamos reconocer la realidad de que el Reino Unido debería tener una estructura política federal con una disposición constitucional que defina la demarcación de poderes entre Westminster y el resto del Reino Unido", argumentó.

Ello estará plagado de dificultades, lo que explicaría la razón por la que los políticos han ignorado el tema durante tanto tiempo.

Fue el laborista Tam Dalyell quien en 1977 expuso por primera vez la pregunta de ¿deberían los legisladores de Escocia electos para Westminster votar sobre temas ingleses, si los legisladores ingleses no pueden votar sobre asuntos de Escocia?

El tema es más pertinente ahora que las asambleas en Edimburgo, Belfast y Cardiff controlan los asuntos domésticos sobre los que los legisladores ingleses no tienen poder de decisión. Como resultado, algunos políticos ingleses argumentan que Inglaterra debería poseer su propio parlamento.

Graham Allen, legislador laborista y presidente de un comité parlamentario que dijo que investigará el futuro de la descentralización, es uno de los que cree que Inglaterra no necesita su propio parlamento, pero que debería combinar la unión con una mayor devolución a las regiones.

El cambio, dijo, es necesario tanto como inevitable.

"Creo que ellos (los políticos) probaron (...) que pueden moverse como un rayo cuando lo necesitan", dijo Allen. "Necesitamos que todos los partidos se fortalezcan, muestren algo de liderazgo y de audacia y se comprometan públicamente a devolución y unión, los dos pilares para los próximos 200 años en el Reino Unido", afirmó.

"De lo contrario, es una trinchera de guerra y un cambio poco sistemático, con crisis y ansiedad, y no creo que eso sea necesario", agregó.

¿LEGADO DE THATCHER?

Para entender cómo Gran Bretaña temió que podría perder Escocia, y por qué sus líderes se sintieron obligados a ofrecer tantas concesiones, hay que ver el creciente descontento de los escoceses con el camino que ha tomado Gran Bretaña en las últimas décadas.

Muchos ven a los gobernantes en el parlamento británico, y generalmente más el rico sureste, como arrogantes, indiferentes y elitistas.

"Quienes han estado en el Gobierno en Westminster no han interactuado realmente ni entendido por completo las preocupaciones de Escocia", dijo Simon Reevell, un legislador conservador y miembro de la Comisión de Asuntos Escoceses en Westminster.

"No es algo que apareció en las últimas semanas. Es aprovechar un hondo sentimiento de que estarán mejor por sí mismos y creo que eso se refleja en cómo se ha gobernado a Escocia bajo todos los grandes partidos políticos, probablemente en los últimos 30 años", agregó.

Los escoceses no se han quedado sin voz en Londres. El predecesor de Cameron era un escocés: Gordon Brown del Partido Laborista, quien sirvió en el número 10 de Downing Street por casi tres años y, antes, fue el poderoso ministro de Finanzas durante 10 años bajo el Gobierno del primer ministro Tony Blair.

Otros escoceses tuvieron cargos destacados en los gobiernos de Blair, lo que llevó a un presentador de televisión a decir en el 2005 que Gran Bretaña vivía bajo un "imperio escocés".

Lo que comenzó a hacer a la independencia económicamente atractiva para los escoceses fue el desarrollo de la industria petrolera en el Mar del Norte -mayormente en aguas escocesas- que comenzó a generar grandes ingresos impositivos en la década de 1970.

Una votación en 1979 sobre una asamblea autónoma escocesa ganó una estrecha mayoría de los que sufragaron, pero no llegó a nada porque la asistencia a las urnas fue menor a la requerida.

El panorama cambió más en la década de 1980, cuando una inclinación hacia la izquierda que había comenzado en Escocia en la década de 1960 se intensificó luego de que el Gobierno conservador de Margaret Thatcher reformó Gran Bretaña.

Thatcher y los conservadores privatizaron compañías estatales y controlaron los sindicatos. La industria pesada escocesa estaba diezmada y aún existe resentimiento sobre la manera en que Thatcher usó a Escocia como terreno de prueba para un impuesto fijo.

"Es innegable que el conservadurismo radical de la década de 1980 enfrentó a Escocia con un nuevo desafío que no había tenido desde mediados del Siglo XVIII", dijo Tom Devine, un historiador escocés, esta semana en la Universidad de Glasgow.

Pese a que Thatcher ganó tres elecciones, sus políticas dividieron al país; y los escoceses eran sus opositores más feroces.

"No era simplemente la oposición a una política económica", dijo Devine. "Era una política económica que era ajena (...) Eso es lo que muchos pensaban en esa época", agregó.

Cuando los laboristas ganaron el poder en 1997, el partido prometió una nueva votación sobre la descentralización. Esta vez fue aprobada fácilmente; en 1999 se estableció un Parlamento escocés en Edimburgo.

Lejos de apaciguar el fuego nacionalista, sin embargo, la medida generó más sentimientos independentistas. Esa expectativa aumentó durante los años del Gobierno laborista, y especialmente luego de que Blair llevara a Gran Bretaña a la guerra de Irak.

LA CUESTIÓN

El SNP formó un popular Gobierno de minoría en el 2007, pero no se preveía una votación por la independencia sino hasta el 2011, cuando la arrolladora victoria en las elecciones los llevó a tener su primer Gobierno mayoritario.

"Antes de que el SNP ganara en el 2011, la independencia había sido algo en lo que las personas en realidad no pensaban", dijo Stephen Noon, estratega jefe de la campaña por la secesión.

"Cuando el SNP ganó, (la idea) se volvió algo real", agregó.

Pese a eso, las encuestas aún sugerían que una votación por continuar en la unión era algo seguro.

En los 15 años que antecedieron el 2012 y el Acuerdo de Edimburgo, el apoyo a la independencia no había superado el 35 por ciento, según datos del Social Attitudes Survey para Escocia.

Casi todos en Westminster creían que una separación era algo impensable.

El sentimiento era "tengamos el debate y veamos si es un sí o un no", dijo un funcionario británico de alto rango. "Claramente siempre sentimos que teníamos el argumento correcto. Claramente el Gobierno británico pensó que podría ganar esa discusión", agregó.

La insistencia de Cameron de una votación limitada a un "No" o un "Sí" no tenía la única intención de dar una opción clara.

También descansaba en el hecho de que la visión del SNP de la opción de la máxima descentralización, o "devo-max", era de amplio alcance, incluyendo todas las áreas salvo defensa, política exterior y moneda.

"Se tendrían dos sistemas de pensiones estatales distintos dentro de un solo Estado. Se tendrían dos regímenes de seguridad social distintos en un solo Estado y dos políticas diferentes de inmigración y de ciudadanía en solo Estado", dijo Adam Tomkins, profesor de Derecho Constitucional.

Tomkins fue el asesor de la campaña por el "No" -con el lema "Better Together" (Unidos Mejor)- que fue presentada ante la comisión del Parlamento inglés sobre el referendo.

"No existe Estado alguno en el mundo que esté gobernado de esa forma. (La alternativa del) devo-max como la definió el SNP no es realizable y no tiene precedentes", agregó.

Tomkins cree que Cameron no quería que se viera como si Londres estuviera dictando las condiciones de nuevo. "Supongan que Westminster hubiera tenido más mano dura: exactamente así se habría visto en Escocia. Pueden ver los riesgos", dijo.

"En lo que se ha apoyado el SNP, durante toda mi vida, es en una cultura del agravio de las políticas escocesas y lo último que querría hacer Westminster sería agraviar más al SNP", añadió.

Pero aquello de tratarlos con guantes de seda le dio al SNP poder sobre otras decisiones cruciales.

El partido no sólo tuvo la facultad de definir los temas del referendo -la redacción exacta fue levemente modificada por la Comisión Electoral-, sino que además le dio a personas de 16 y 17 años el derecho a votar, decisión calificada por un legislador del Partido Conservador como "ridícula".

Uno de los puntos decisivos: el SNP eligió la fecha de la votación. Cameron quería que el referendo se realizara en el 2013. Pero el partido escocés quería más tiempo para prepararse y salirse con la suya.

"Salmond y sus asesores siempre supieron que estaban más atrás en las encuestas y que iban a necesitar un largo tiempo para preparar el terreno", dijo David Torrance, biógrafo del político. "Si se considera el resultado de los sondeos, fue la culminación de una campaña de combustión lenta, una campaña muy, muy inteligente. Y necesitaron dos años para hacerlo", comentó.

"Cameron podría haber calculado que no iba a hacer ninguna diferencia. Pero en realidad, al darles un año extra, podría afirmarse que fue allí donde se equivocó", agregó.

A medida que los nacionalistas ganaban terreno, Londres terminó prometiendo a los escoceses más facultades, pese al rechazo que le tenía Cameron al comienzo a ofrecer una votación sobre el "devo-max".

LA CAMPAÑA

Llegó a ese punto porque "Better Together", la campaña de quienes abogaban por la unión, fue poco llamativa. Sólo los esfuerzos del ex primer ministro laborista Brown le dieron algo de peso.

Aunque los unionistas fueron los ganadores en el primer debate televisivo, a comienzos de agosto, el ex ministro de Finanzas Alistair Darling, laborista y escocés, elegido para encabezar la campaña del "No", era percibido a menudo como una figura seca y distante.

Darling no lograba despertar pasiones, a diferencia de Salmond, que tiene un toque populista y talento histriónico.

Algunas veces "Better Together" entregaba un mensaje poco claro, en parte porque combinaba de forma extraña a políticos conservadores, laboristas y a demócratas liberales, más acostumbrados a criticarse mutuamente.

Aquello resultó en que sus intentos por atraer a los votantes escoceses muchas veces se veían torpes.

Una vez, funcionarios del Tesoro británico publicaron en una página del Gobierno una lista en tono de broma de las 12 principales ventajas financieras de votar por el "No", como que los escoceses podrían "compartir una comida de 'fish and chips' con su familia todos los días de la semana por unas 10 semanas, con un par de porciones adicionales de guisantes".

El SNP dijo que eso era paternalista. Y no fue sino hasta que Brown intensificó sus esfuerzos, en las últimas semanas, que la campaña por el "No" volvió a la senda.

Pero para entonces ya se había disparado el apoyo a la campaña de la independencia.

"Es muy difícil desarrollar una campaña cuando le estás diciendo 'no' a todo", dijo David Yelland, ex editor del diario Sun y actualmente socio de la firma de Relaciones Públicas Brunswick.

"Siempre iba a ser una tarea difícil porque se necesita energía, brío y vigor en torno a las campañas políticas", agregó.

Con un mejor juego a nivel del suelo, la campaña por la secesión "alejó la conversación desde la categoría de Estado a la política: ¿qué tipo de Escocia queremos?", apuntó Tomkins.

MAYORES PODERES

Cuando las encuestas revelaron el creciente apoyo para la separación de Reino Unido, la campaña por el "No" sacó un cronograma acelerado que le daría a partir del año siguiente mayor poder de decisión a los escoceses.

Salmond se burló de la oferta.

"En realidad es un insulto a la inteligencia del pueblo escocés refritar esas propuestas de último minuto y esperar más allá de toda esperanza que las personas crean que son algo concreto", declaró el líder escocés de 59 años.

Los poderes ofrecidos no alcanzaban la radical visión del "devo-max" que tenía Salmond. Pero sí le daban a Escocia un trato especial en comparación al de otras regiones de Reino Unido.

Las reacciones desde el resto de Gran Bretaña fueron una mezcla de rabia e incredulidad.

"La fórmula de financiamiento para Escocia (...) ya otorga un financiamiento al norte de la frontera que supera holgadamente lo que gasta per cápita en otras partes de la unión", escribió la legisladora conservadora Claire Perry en una columna de un diario el día del referendo.

"Lo que se necesita es un análisis frío y calmado, no promesas de regalos financieros para calmar al señor Salmond", agregó.

Los políticos desde la izquierda del laborismo al derechista Nigel Farrge del Partido Independiente dijeron que el Reino Unido ahora necesitaba una nueva disposición constitucional.

El legislador conservador John Redwood demandó un parlamento inglés, aunque otros, como el primer ministro, dijeron que eso era ir muy lejos.

La perspectiva de una menos centralizada Gran Bretaña conlleva riesgos aunque también recompensas.

Un elemento negativo de la decisión de devolver más poderes podría ser una dañina competencia entre autoridades regionales o locales para recortar impuestos para así atraer inversiones, lo que posiblemente resultaría en menores ingresos impositivos en general, dijo David Philips, un economista del Instituto de Estudios Fiscales.

Al mismo tiempo, el Instituto de Investigación de Políticas Públicas, argumenta que transferir algunos poderes desde Westminster podría ser positivo para el crecimiento.

Pase lo que pase, Gran Bretaña cambiará tras el referendo.

El status quo -en el que legisladores de Escocia y Gales en Westminster mantiene su voz en decisiones sobre temas relacionados con Inglaterra- no puede continuar, dijo Reevell.

Luego de que se anunció el resultado del referendo, Cameron buscó abordar esas preocupaciones refiriéndose a una disposición constitucional "para todas las partes del Reino Unido".

Pero los aspectos prácticos aún deben decidirse y el debate podría ser rebelde.

Al aceptar la derrota, Salmond recordó a Cameron sus promesas: "Escocia esperará que se cumplan con rapidez".

 


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