¿Por qué tantas naciones quieren un pedazo de Antártica?

¿Por qué tantas naciones quieren un pedazo de Antártica?

Siete países reclaman propiedad de partes del Polo Sur y muchos más mantienen una presencia en el lugar más frío, seco y ventoso del mundo. Buscan tesoros escondidos en lo más profundo y en los cielos.

24Horas.cl TVN
29.06.2014

Matthew Teller BBC

Siete países han reclamado partes de la Antártica y muchos más tienen una presencia allí… ¿qué buscan en este desierto congelado?

Escojo un camino entre los charcos y me siento. Una espectacular vista silenciosa se despliega a través de una bahía rodeada de montañas.

De repente hay un destello en los bajíos a mis pies: una flecha de color blanco y negro.

¿Qué pez es ese? Mi lento cerebro se pregunta, y ante mis ojos un pingüino papúa sale del agua, recobra el equilibrio en una roca, me mira descaradamente, emite un graznido y emprende su camino sobre la nieve.

Antártica es el lugar más difícil del cual escribir que conozco. Siempre que se intenta describir la experiencia de estar allí, las palabras se disuelven entre los dedos.

No hay puntos de referencia. En el sentido más literal, Antártica es inhumano.

Otros desiertos, desde Arabia hasta Arizona, están poblados: los seres humanos viven en o alrededor de ellos, encuentran sustento en ellos, les dan forma con su imaginación y su ingenio. En Antártica no hay gente.

Es el lugar más frío, ventoso y seco del mundo. ¿Por qué entonces Reino Unido, Francia, Noruega, Australia, Nueva Zelanda, Chile y Argentina han trazado fronteras en el mapa de la Antártica, repartiéndose el vacío de hielo con reivindicaciones territoriales?

Veto a los militares

Antártica no es un país: no tiene gobierno ni población indígena. Todo el continente está protegido como reserva científica.

El Tratado Antártico, que entró en vigor en 1961, consagra un ideal de intercambio intelectual.

La actividad militar está prohibida, así como la prospección de minerales. Cincuenta estados -entre ellos Rusia, China y Estados Unidos- han ratificado el tratado y sus acuerdos conexos.

Sin embargo, uno de los legados de las expediciones imperiales anteriores, cuando Ernest Shackleton y todos los demás lucharon contra el viento para plantar sus banderas, es la codicia nacional.

Un susurro

La ciencia impulsa la investigación en Antártica hoy en día, sin embargo, hay una razón por la cual los geólogos a menudo tienen el lugar más destacado: los gobiernos realmente quieren saber lo que hay debajo del hielo.

Se susurra una palabra: petróleo. Algunas predicciones indican que la cantidad de petróleo en la Antártica podría ser de 200.000 millones de barriles, mucho más que Kuwait o Abu Dhabi.

Es extremadamente difícil y, por el momento, de un costo prohibitivo extraer petróleo en Antártica. Pero es imposible predecir en qué estado estará la economía mundial en 2048, cuando sea el momento de renovar el protocolo que prohíbe la prospección antártica. En ese escenario, un mundo hambriento de energía podría estar desesperado.

El Tratado Antártico suspendió todos los reclamos territoriales, pero eso no ha impedido que se quebranten las reglas. La mejor manera de sentar la base para adueñarse de lo que pueda haber abajo es actuar como si fueras dueño del lugar.

La relevancia de los sellos

Una de las cosas que los Estados-nación hacen es sellar pasaportes, así que cuando los turistas visitan la estación antártica británica en Puerto Lockroy, se les sella su pasaporte.

Esto a pesar de que el derecho internacional no reconoce la existencia del territorio antártico británico; de hecho, tanto Chile como Argentina reclaman el mismo pedazo de tierra y tienen sus propios sellos de pasaporte a mano.

Otra cosa que hacen los Estados -o solían hacer- es operar servicios postales.

En la base Vernadsky de Ucrania, me escribí a mí mismo una postal, compré una estampilla ucraniana con el dibujo de una vaca y la deposité en su buzón. Tomó dos meses en llegar, lo cual no está mal dado que viajó desde los confines de la Tierra.

Más allá de la ciencia

Pero la diversión turística confabula con todo el alarde de patriotismo.

Rusia se ha dedicado a la construcción de bases alrededor de todo el continente antártico.

EE.UU. opera una base en el Polo Sur, que se extiende convenientemente sobre cada reclamo territorial. Este año, China construyó su cuarta base. El año que viene va a construir una quinta.

Por ahora, los que tienen permiso para estar en Antártica son los turistas y los científicos.

Las 68 bases de la Antártica son declaradamente estaciones de investigación pacíficas, establecidas con fines científicos, pero la prohibición de la militarización es ampliamente desdeñada.

Chile y Argentina, por ejemplo, mantienen una presencia militar permanente en el territorio continental de Antártica, y la preocupación es que algunos países o bien no están reportando el despliegue militar, o están reclutando contratistas civiles de seguridad para misiones esencialmente militares.

Los cielos de Antártica son inusualmente claros y también inusualmente libres de interferencias de radio, por lo que son ideales para la investigación del espacio profundo y el seguimiento por satélite. Pero también son ideales para el establecimiento de redes de vigilancia encubierta y el control remoto de sistemas de armas ofensivas.

El gobierno australiano identificó recientemente la base más nueva de China como una amenaza, especialmente debido a la posibilidad de vigilancia.

Denunció que: "las bases antárticas se utilizan cada vez más para un 'doble uso': la investigación científica que es útil para fines militares".

Muchos gobiernos rechazan el statu quo de Antártica, confeccionado en base a los esfuerzos europeos y afianzado por la geopolítica de la Guerra Fría que, según algunos, le conceden una influencia indebida de las superpotencias del pasado.

Irán ha declarado su intención de construir en Antártica, Turquía también. India tiene una larga historia de participación en el territorio y Pakistán aprobó la expansión antártica... todo en nombre de la cooperación científica.

Pero el statu quo depende de la autorregulación. El Tratado Antártico no tiene garras. Frente a la intensificación de la competencia por los abundantes recursos naturales y las oportunidades imprevistas para el espionje, lo único que puede hacer -como mi pingüino- es graznar y alejarse golpeteando en la nieve.


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