Reflexiones de una exbailarina de cancán: ¿vale la pena mostrar los senos en el escenario?

Reflexiones de una exbailarina de cancán: ¿vale la pena mostrar los senos en el escenario?

Luces y lentejuelas; plumas y pestañas... ¿y senos?

24horas Administrator
07.03.2016

Cuando era una joven bailarina con tendencias feministas, Bee Rowlatt se escandalizó cuando tuvo que bailar con colegas que llevaban los senos al aire. Muchos años más tarde, tras escribir un libro sobre la feminista Mary Wollstonecraft, fue al cabaret Moulin Rouge en París a hablar con las danzantes que desnudan sus senos en esa implacable industria.

Al escritor y artista francés Jean Cocteau le encantaban las cabareteras del Moulin Rouge. Las llamaba "las cariátides de esta grandiosa y maravillosa época que fue nuestra".

Pero quizás Jean Cocteau nunca tuvo una tanga metida entre las nalgas o sufrió empujones en el escenario, pues eso es lo que más recuerdo de mi vida como bailarina.

Apenas era una adolescente cuando me dieron trabajo en el espectáculo de Isla del Lago en las Islas Canarias.

Hasta entonces, había sido una dedicada bailarina de ballet con una creciente tendencia a indignarme por injusticias contra mi género y no tenía ni idea de en qué me estaba metiendo.

Plumas y pestañas

El show era un desfile de piernas levantadas con plumas y pestañas gigantescas.

Pero lo que el público no sabía era lo que pasaba entre bambalinas.

Se trataba del negocio del espectáculo en su expresión más cruda: la supervivencia de la más delgada e infame.

Al ser la más joven, tenía mucho que aprender.

No podía bailar en esos malditos zapatos plateados de tacón alto o siquiera usar bien la tanga.

Y, para mi horror, algunas bailarinas estaban topless: ¡una bailarina de verdad no debería tener que exhibir sus senos!

Me hacía echar chispas y me rehusaba terminantemente a hacerlo.

Era como si hubiera llegado a un universo paralelo, lleno de luces y sonrisas pero muy, muy difícil.

Al estilo cancán

Tras una semana de ensayos, yo aún no podía bailar con tacones.

Una veterana rubia y alta, a la que le decíamos tía Debbie pues nos tomaba bajo su ala, me llevó a un lado y me advirtió que tenía que olvidarme de las ampollas y dejarme los zapatos puestos todo el tiempo.

Me dijo que se murmuraba que yo era una inútil y que posiblemente me iban a despedir.

Sólo había una manera de sobrevivir: me puse los zapatos y me fui cojeando al escenario.

Por suerte, las cosas mejoraron rápidamente.

Aprendí qué era el "día de peso", en el que nos hacían formar una fila y nos pesaban una tras otra; cómo impedir que el sudor caiga en el pegante de tus pestañas y cómo hacer para que no se vean los hilos de los tampones.

Aprendí también, a dormir durante el día, a evitar las marcas del bronceado y a nunca atravesarme en el camino de la bailarina principal durante un cambio rápido de vestuario.

Mi éxito se selló cuando finalmente logré lanzar mis piernas al aire al estilo cancánen tacones.

Secretos de camerino

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Pasábamos largas horas en el camerino tapizado de lentejuelas, noche tras noche, semidesnudas, zurciendo nuestras medias y desnudando nuestras almas.

Novios perversos, infancias complicadas, dietas, relaciones homosexuales, abortos, cirugías plásticas mal hechas... hablábamos de todo.

Éramos un grupo de mujeres fuertes, trabajadoras e independientes. Ninguna era estúpida.

No obstante, me sorprendía lo que consideraban aceptable en la vida: estábamos en una habitación repleta de mujeres hambrientas con salarios bajos, que tenían que aguantar que los jefes las pesaran en público y las llamaran "zorras" y "vacas gordas".

¿Por qué lo soportábamos?

Risa y recuerdos

Años más tarde, cuando estaba escribiendo mi libro "En busca de Mary", sobre la madre ancestral del feminismo, busqué a tía Debbie.

Nuestra reunión empezó con una evaluación encubierta. Cuando dos antiguas bailarinas se encuentran, siempre hay el momento en el que discretamente chequean sus traseros. ¿Está más gorda?.

Todos los bailarines retirados le tememos a la mirada crítica de otros bailarines retirados. Pretendemos que no, pero sí.

Poco después, todo era risa y recuerdos.

Pero las historias de Debbie de abusos entre bambalinas hacían que las mías parecieran poco.

Colegas celosas saboteaban sus cambios de vestuario. Peor: le aplicaban regularmente inyecciones en la columna para esconder lesiones.

Al molino rojo

Decidimos visitar el Moulin Rouge, donde Debbie había trabajado por primera vez cuando tenía 16 años.

Este legendario establecimiento parisino fue la cuna del cancán moderno, que sigue siendo el climax de su espectáculo.

Para las bailarinas, es una pesadilla: la rutina más peligrosa, exigente y causante de lesiones de todas.

Debbie describía narices ensangrentadas, tendones desgarrados, y los notables saltos con splits o aperturas de piernas.

"Brincas, despliegas las piernas hasta lograr un split y aterrizas en esa posición. ¡Con razón no parábamos de gritar!".

Entre tocados

Cuando llegamos al Moulin, nos llevaron entre bastidores hasta el corazón de este mundo de lentejuelas.

Poleas subían y bajaban filas y filas de vestidos y tocados.

Gigantes edificaciones de plumas rojas y rosas ondeaban como arrecifes de coral.

Entre todo eso, un cardumen de bailarinas de ojos enormes y extremidades pálidas.

Parecían hermosos extraterrestres.

Aunque nunca antes había estado en el Moulin, reconocí este mundo inmediatamente.

No todo tiempo pasado fue mejor

Una de las bailarinas, Katie, que acababa de regresar de reposo por una lesión que se hizo bailando cancán, nos contó que la habían contratado hacía 5 años, en un audición a la que acudieron 300 chicas.

En nuestra época, las audiciones no atraían más de 30 o 40, y casi todas eran británicas, mientras que ahora la fuente de talento es global.

Sin embargo, aunque los estándares quizás subieron, aparentemente los niveles de tiranía han bajado.

Cuando le conté a Katie sobre nuestros "días de peso", casi se cae de espaldas.

"¡No! Eso nunca lo harían aquí. Obviamente nos tenemos que mantener en forma. Si no, hablan contigo, pero nunca en público".

Traté de explorar más para ver si encontraba evidencia de explotación pero Debbie me interrumpió, enfáticamente.

"Trabajar en el Moulin fue lo mejor que me pasó y la verdad es que lo habría hecho gratis".

"Es un privilegio estar aquí", confirmó Katie. "Ser bailarina lo es todo para mí. Siento que puedo ser yo misma. Me siento maravillosamente".

La gran pregunta

Pero, ¿por qué tienen que desnudar sus senos?

Katie sonrió diplomáticamente.

"Yo sé que no es para todo el mundo, pero le da más estatus a la bailarina", contestó.

Luego ella y Debbie se picaron el ojo y dijeron "¡y evita que tengas que hacer el cancán!".

"¿Estatus?", pregunté.

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"Así era en mi época también", dijo Debbie.

"Las topless estábamos más arriba en la cadena alimentaria, teníamos coreografías diferentes. Era un ascenso", y me estrujó la rodilla con afecto: "Ustedes eran sólo coristas".

"De cualquier manera", añadió Katie, "mucha gente cambia de opinión cuando ven el show".

Silenciosamente resolví que no cambiaría de opinión.

Se levanta el telón

El espectáculo era brillante, delirante, atemporal y alegre.

¿Qué otra show puede jactarse de gastar miles de euros en plumas y pedrería, 800 pares de zapatos hechos a mano, 700 baldes de plata de champaña y cinco pitones?

Las bailarinas son unas criaturas tan hermosas que te quitan el aire. Parecen estatuas que han tomado vida.

Hay nostalgia en el espectáculo y el cancán, en toda su desquiciada gloria, enloqueció al público.

"En el Moulin respetamos las tradiciones", me dijo Thierry Outrilla, un colega de danza de Debbie que ahora es el director escénico.

"Hay cierta magia en las cosas y uno no puede cambiar eso".

El código de las cabareteras

El show terminó pero por alguna razón nosotras no queríamos irnos.

La conversación retornó a los senos: cubrirlos o no.

Lo fastidioso es que tuve que reconocer que Katie tenía razón.

Ver la función sí me hizo cambiar de opinión.

No hay meneos ni frotes y está muy lejos de bailes como el perreo. Es un tipo de belleza remota, antigua, como la de las estatuas desnudas.

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Y luego me di cuenta de otra cosa: hay una solidaridad entre las bailarinas, un código de cabareteras.

Si superas la agonía, te conviertes en parte de la familia.

Después de todo, ahí estaba yo, con la mujer que me defendió hace 25 años.

Había una verdadera hermandad detrás de las lentejuelas y, a juzgar por las bailarinas de Moulin Rouge, la sigue habiendo.

La magia inexplicable

Hay algo que no sé cómo olvidé.

Ser una bailarina es una alegría frágil y efímera. Un triunfo temporal y precioso sobre la gravedad.

Quizás tiene más sentido invertir esos años de entrenamiento en aprender a tocar la guitarra o alguna otra cosa que no se lesiones y envejezca.

Pero nosotras la invertimos en nuestros cuerpos.

Y, por un breve momento, es como ser capaz de volar.

Muchos, desde el poeta persa del siglo XIII Rumi hasta el filósofo alemán Federico Nietzsche, han exaltado el poder de la danza.

El coreógrafo estadounidense Merce Cunningham conocía su verdad.

"Tienes que amar la danza para seguirla practicando. No te da nada a cambio: no hay manuscritos para guardar, pinturas para colgar en paredes o museos, poemas para imprimir y vender...


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