El casino está hecho para que la música te rebote, para que la alfombra te genere algo, para que no notes que el tiempo pasa y, de repente, dices: ‘Cómo estuve ocho horas acá’. Puedes vivir dentro de un casino.
A mi papá le gustaba, llegaba tarde todos los días, de repente llegaba con mucha plata, era sabido en la familia que iba. Con el tiempo le remataron la casa y estuvimos mucho tiempo alejados. En el casino encontré un lugar donde podía estar con él. Teniendo mil lugares, siempre terminábamos ahí.
Cuando empecé a estudiar y a trabajar, siempre estaba el bichito. Después de un carrete pasaba para allá con amigos, algo tranquilo; pero después, cuando empecé a ganar plata iba sola. Pensaba: ‘Ojalá que nadie me vea’, pero un lunes a la 1 de la mañana no había nadie, o sea, los mismos de siempre, y ahí nadie te va a juzgar. Después va pasando que te atienden bien, entras al VIP, te saludan por tu nombre, no te das ni cuenta y estás adentro.
Me iba al casino a las 6 de la tarde y llegaba a mi casa a las 2 de la mañana. Podía apostar todo mi sueldo. O sea, pagaba el celular, la luz, el agua, el WiFi y chao. Reventé todas las tarjetas.
“Tenía una vida de mentira”
En una noche llegué a ganar siete millones, pero si yo armaba un Excel, no era ni un cuarto de lo que había apostado. Por seis años me gasté dos o cuatro millones al mes.
En el trabajo rendía igual, porque mientras más ocupada estaba menos me acordaba de lo que me estaba pasando. Si me quedaba en la casa era como: 'CTM, no tengo ni uno'. Y sin ni uno, no tenía nada que hacer, me tenía que quedar en la casa. En cambio, trabajando evitaba sobrepensar todo.
Nunca le conté de esto a nadie, no se daban cuenta. Tenía una vida de mentira, te las comes sola. Sientes que eres una mierda porque todo lo ocultas, no quieres que nadie te pille, que nadie sepa que te estás gastando todo porque igual crees que se te va a multiplicar.
Con el tiempo empecé a inventar historias para conseguir plata. Primero era como ‘Oye, préstame 20 lucas’. No era tema. Tenía una pega donde me iba muy bien entonces confiaban.
Tenía contacto con una empresa de containers. Invité al negocio a amigos y a compañeros de trabajo, pero yo nunca compré ninguno de los productos. Llegué a pedir doce palos. A algunos les pagué incluso más de lo que me habían pasado, pero empecé a hacer la bicicleta. Al que le debía más le pagaba primero, pero llegó un momento en que necesitaba para la vida misma. No lo pude sostener y ya estaba cansada. No quería más, no quería mentir más, no quería inventarme historias.
Mi intención nunca fue pedir plata y desaparecer, nunca me fui de viaje, no pretendía ostentar nada, no me compré un auto ni un departamento, yo pensaba de verdad que a los que les pedía iban a ganar conmigo.

Las apuestas online
Con el tiempo dejé de ir al casino pero no por dejar de jugar, fue porque estaba penca, malo el servicio. Se cortaba la luz, la experiencia fue fome. De ahí pasé a apostar online.
Manejan un nivel de marketing impresionante. Cómo te buscan, cómo te llaman, cómo te llegan mensajes de texto, te cachan por Instagram, te meten en un chat de Telegram, te llega un bono diario, un bono semanal, puedes jugar acostada, en el baño, en la pega o fumándote un cigarro en el balcón. Las dinámicas son demasiado adictivas.
La máquina te genera atención, es el sonido, es la adrenalina de lo que estás viendo, la esperanza de que te salga un bono y te haga pensar que vas a ganar un juego millonario. Hoy te digo: eso no va a pasar.
Te dicen que tienes que ser mayor de 18 pero un cabro de 15 cambia su fecha de nacimiento y ya entró. Por más que digan que juegues responsablemente, el juego no es responsable, le pierdes el valor a eso.
Yo no sé por qué apostaba, no tengo claridad, lo he hablado con psicólogos. Es sentir que siempre puedes ganar, simplemente es eso. Pierdes totalmente el valor del dinero. Después pasa que 200 lucas las conviertes en tiempo, o sea, no te demoras nada en ganar 200 lucas en una máquina. Mi trabajo hoy es volver a resignificar el dinero en mi vida, saber lo que me cuesta.
“Se derrumbó todo”
No dormía, pensaba en todo lo que debía y después era levantarme, ducharme, tirarme agua helada, tomar café y vamos de nuevo. Era culpa, era angustia. Llegó un punto en que no veía los días, no me acuerdo de haber comido. No paré de llorar, viví mucha soledad, mucha pena, mucha rabia. Alguien podría decir que me lo merecía. Tenía como una doble vida, así mismo.
Un día, un colega le escribió a mi mamá porque yo ya no contestaba el teléfono.
Ella me llamó de vuelta.
A pesar de que fue uno de los telefonazos más duros que he recibido, fue el más necesario, en ese momento se acabó esta mentira. La primera reacción de mi mamá fue: Coni, qué hiciste, qué hiciste con esa plata, dónde está esa plata… Te la jugaste.
Me costó mucho, ahí explotó todo. Yo al principio lo negaba, le decía que no.
Cuando lo hablamos bien, ella me dijo que siempre supo. Fue una conversación de perdón, me dijo: ‘Yo siempre supe y nunca hice nada’. Todo mi entorno empezó a unir cabos, recibí odio, mensajes que duelen, todo de un día para otro. Cercanos me dijeron: no quiero saber más de ti. Mucha gente me bloqueó de WhatsApp, muchos amigos se alejaron sin siquiera preguntarme. Si hoy estoy aquí es por mi mamá y por los amigos que se quedaron, que me tomaron y me dijeron: ‘No has matado a nadie, cálmate. Vamos adelante’.
Hoy para mí es importante decir: soy ludópata, sé que me cuesta pero también sé que para salir de esto a veces tienes que perderlo todo y no hablo de la plata. Hablo de amigos, hablo de tu trabajo, hablo de tu pareja, hablo de tu familia.
Es más fácil decir que eres alcohólico o cocainómano que ludópata, porque está más normalizado. Una vez adentro te das cuenta de que está lleno de gente, de todas las clases sociales, porque al que tiene no le importa perder y el que no tiene cree que se va a hacer millonario.
Cuando fui al psicólogo es porque mi mamá me manda. Lo llamaba para preguntarle si yo había ido. Me dijo: ‘Estoy súper orgullosa de ti, hija, de haberlo asumido, con esto yo estoy pagada, pero ahora termínalo y sal de ahí’. Fue como un abrazo.
Me dijo: de ti pueden decir mil cosas, pero nadie puede decir que eres mala trabajadora, te vas a poner a buscar pega y vas a rendir.
En realidad todas las mujeres de mi familia, mis primas, mis tías, hicieron un grupo que me apoyó, fueron las más empáticas.
Y ahí pasa que sí, que encuentro pega, que me cambian de puesto, empiezan a pasar cosas lindas.
Ahora viene otra parte de la vida que es volver a hacer las cosas bien. Como parte del tratamiento, mi plata se la transfiero a mi mamá y le voy pidiendo según necesite. Ahora solo manejo efectivo.
Sé que dañé a mucha gente, sé que hay mucha gente que me odia, incluso enfrento una acción penal, tengo que pagar un abogado. Sé que muchos piensan lo peor de mí, pero estoy tratando de partir de cero no más. Es importante tener a alguien que crea que puedes salir de esto.
La OMS reconoce a la ludopatía como una enfermedad y aparece descrita en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM 5) junto con la adicción a drogas. Si estás enfrentando una emergencia de salud mental, puedes pedir ayuda al *4141 del Ministerio de Salud.
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