La adolescencia puede estar marcada por cambios emocionales, irritabilidad y períodos de tristeza. Sin embargo, cuando estas conductas se vuelven intensas, persistentes o comienzan a afectar la vida cotidiana, pueden ser una señal de que el adolescente necesita apoyo.
El escenario genera preocupación en Chile. De acuerdo con la Encuesta de Juventud y Bienestar 2024 de SENDA, un 32,6% de los estudiantes de segundo medio consultados señaló que el futuro parece sin esperanzas, mientras que un 16,8% afirmó haber pensado en quitarse la vida durante los últimos siete días.
A esto se suma que un 36,4% declaró que le resulta difícil o muy difícil conversar con sus padres sobre temas personales.
Los datos se conocen además en un contexto de aumento de situaciones de violencia y de lesiones autoinfligidas reportadas por la Defensoría de la Niñez, antecedentes que expertos llaman a observar desde una perspectiva de prevención.
¿Cuáles son las señales de alerta?
Para la Dra. Tamara Otzen, psicóloga, docente de la Universidad de La Frontera, directora del Doctorado en Ciencias Médicas y presidenta de la Fundación OPA, es importante que los adultos puedan identificar cambios significativos en el comportamiento de niños, niñas y adolescentes.
Entre las señales que requieren especial atención se encuentran:
- Expresar deseos de morir o manifestar que no quiere seguir viviendo.
- Decir frases como “ya no aguanto más” o expresar desesperanza frente al futuro.
- Despedirse de manera inusual de familiares o amigos.
- Dejar mensajes o publicaciones relacionados con la muerte.
- Buscar o intentar acceder a medios potencialmente letales.
- Presentar cambios bruscos o persistentes en el estado de ánimo.
- Mantener durante un período prolongado tristeza, ansiedad o irritabilidad.
- Mostrar un deterioro importante de la autoimagen o autoestima.
- Presentar conductas que puedan poner en riesgo su propia vida.
- Aislarse de manera marcada de familiares, amigos o actividades que antes disfrutaba.
“Ninguna señal por sí sola confirma un riesgo, pero su acumulación o su aparición brusca sí debe movilizarnos a preguntar directamente y a acompañar”, explicó Otzen.
¿Cuándo deja de ser un cambio propio de la adolescencia?
No todo cambio de ánimo significa que exista una situación de riesgo. La especialista plantea que la diferencia está principalmente en la intensidad, la persistencia y el impacto que estos cambios tienen en la vida del adolescente.
Por ejemplo, la irritabilidad, la ansiedad o la tristeza pueden aparecer durante la adolescencia. Sin embargo, si se mantienen en el tiempo, interfieren con sus relaciones, estudios o actividades habituales, o se acompañan de conductas de riesgo, es recomendable buscar orientación profesional.
Los adultos también deberían prestar atención cuando existe una combinación de varias señales, especialmente si aparecen de forma repentina.

¿Qué hacer si un hijo presenta estas señales?
Una de las principales recomendaciones es no esperar a que el adolescente pida ayuda. Si existe preocupación, los padres pueden buscar un momento privado y tranquilo para conversar, preguntar directamente cómo se siente y escuchar sin juzgar ni minimizar lo que está expresando.
“Preguntar es solo el inicio. Lo que viene después es igual de determinante: contener sin juzgar”, sostiene Otzen.
Ante una situación de riesgo, la recomendación es mantener la calma, tomar en serio lo que el adolescente está comunicando y activar oportunamente la red de apoyo, recurriendo a profesionales de salud o a los servicios de emergencia si existe un peligro inmediato.
El rol de padres, colegios y profesores
La prevención no debería quedar exclusivamente en manos de especialistas. Según la experta, los establecimientos educacionales también pueden desempeñar un papel relevante mediante protocolos claros, capacitación de profesores y otros adultos capaces de reconocer señales de alerta.
Esto cobra especial importancia considerando que más de un tercio de los adolescentes encuestados declaró tener dificultades para conversar con sus padres sobre asuntos personales.
Por ello, generar espacios de confianza y conversación antes de que aparezca una crisis puede ser una herramienta preventiva.
La especialista plantea que el acompañamiento tampoco debería terminar con una derivación puntual: familias, colegios y comunidades deben participar de manera coordinada en el proceso de apoyo.