En 2015, Chile tomó una decisión inédita: mantener el horario de verano durante todo el año. La medida, impulsada por el Gobierno mediante un decreto, buscaba simplificar la vida cotidiana y, en teoría, mejorar la seguridad y el uso de la energía. Sin embargo, el experimento tuvo un efecto ampliamente criticado: miles de escolares comenzaron sus jornadas prácticamente a oscuras.
Los efectos de la medida fueron analizados en 2016 por el Comité Interministerial de Monitoreo de Cambio de Hora, que realizó un estudio (PDF) que arrojó conclusiones en distintas áreas.
Con amaneceres que en algunas zonas del país se retrasaban hasta cerca de las 8:30 de la mañana, la rutina diaria cambió drásticamente. Niños y adolescentes debían salir de sus casas sin luz natural, lo que generó preocupación en familias, docentes y expertos en salud.
Mañanas más difíciles y efectos en la vida diaria
Uno de los impactos más evidentes del horario único se produjo en el ámbito escolar. Datos del Ministerio de Educación mostraron un aumento en el ausentismo durante los meses de invierno de 2015, especialmente en junio y julio, en comparación con años anteriores.
Las encuestas también reflejaron dificultades en la rutina: muchas personas declararon que les costaba más levantarse, mientras que padres y profesores advirtieron problemas de concentración en estudiantes. De hecho, una parte importante de la población señaló que la falta de luz en las mañanas afectaba el desempeño en el trabajo y en el colegio.
A esto se sumó la percepción de inseguridad en las primeras horas del día. Aunque el objetivo original era reducir delitos aprovechando más luz en la tarde, el inicio de las actividades en completa oscuridad generó nuevas inquietudes, especialmente en trayectos hacia escuelas y trabajos.
Más luz en la tarde: opiniones divididas
El balance de la medida mostró resultados mixtos. Por un lado, organismos como Carabineros reportaron una disminución de delitos en horario vespertino, lo que respaldaba uno de los argumentos centrales de la medida. También se observaron beneficios en la posibilidad de realizar más actividades durante la tarde gracias a la mayor disponibilidad de luz natural.
En materia de ahorro energético, uno de los principales objetivos del cambio, los resultados fueron más moderados de lo esperado. El consumo eléctrico en hogares registró un ahorro anual cercano al 0,88%, equivalente al consumo anual de comunas como Punta Arenas o Recoleta en esa época. Si bien la cifra representó un ahorro, fue considerado acotado en relación con las expectativas, ya que en el consumo influyen mayormente los electrodomésticos y en menor medida las necesidades de iluminación.
Por otra parte, se registró un aumento en el consumo de las industrias que funcionan por turnos, sin importar si el acceso a luz solar se extiende o no durante una jornada laboral común.
El reporte indica que la mayoría de los chilenos prefería volver al sistema tradicional de dos horarios —invierno y verano—, mientras que solo una minoría apoyaba mantener el horario de verano permanente.
El debate también se trasladó al ámbito de la salud. Expertos advirtieron sobre los efectos negativos de alterar los ritmos biológicos, especialmente en niños, quienes son más sensibles a los cambios en los ciclos de luz y oscuridad.
Finalmente, tras dos años de monitoreo y discusión pública, el Gobierno decidió revertir la medida y regresar al sistema de cambio de hora estacional, que rige hasta la actualidad.